martes, 12 de abril de 2011

Los ojos del cine



Sus ojos contenían la sangre del ocaso. Hizo tantas películas en vida, desde esa infancia frágil vulnerable a los focos, que apenas tuvo tiempo de aprender a actuar. Sin embargo, siempre tenía su propia vida abierta como un álbum de fotos, con variaciones hacia la compasión y el dolor. De hecho sus mejores amigos masculinos, con los que cualquier affaire sólo era posible en la ficción, eran íntimamente susceptibles de inspirar dolor y compasión: no sólo Rock Hudson y también Michael Jackson, sino además Monty Clift, antes y después del accidente que le desfiguró la cara.

Fue verdaderamente el personaje que encarnó en La gata sobre el tejado de cinc, esa mujer brava de una carnosidad intelectual, de una viveza plena y desbordante que en el cine resulta incomprensible: porque nadie se explica que Paul Newman pueda rechazarla, únicamente, porque echa mucho de menos a un amigo. Se entiende más en la obra de Tennesee Williams, donde la homosexualidad es un tema tangible, pero nada en el cine: sin embargo, pese a la incomprensión de su marido, ahí esta siempre Maggie/La gata, cortejando a Brick/Paul Newman, mientras recibía la noticia de que su marido por aquel entonces, Mike Todd, había muerto en un accidente de avión. Ella se volcó en el personaje, renació más turgente y más real para abrasar, explosiva, toda la película.

Seguramente nunca como entonces fue Elizabeth Taylor la expresión clara, pulcra y oceánica, a la sombra de cualquier crepúsculo, que llevaba latente bajo su cuerpo frágil. Un cuerpo que la ha llevado, tras muchas operaciones, a sobrevivir a uno de sus mejores glosadores hispánicos, Terenci Moix, que tanto disfrutaba escribiendo acerca del rodaje de Cleopatra. Imaginamos las escapadas de los dos, de Liz Taylor y Richard Burton, a moteles de Hollywood en las pausas del rodaje, que ellos convertían luego en días de fuga dejando atrás a los ayudantes de los productores, que seguían su rastro por toda la ciudad, volviendo loco al pobre Joseph Mankiewicz.

Hasta leyendo No digas que fue un sueño, uno veía más los rostros de Burton y de Taylor que a Marco Antonio y Cleopatra. Rodaron catorce películas, más la gran película vivida por los espectadores que asistían a sus divorcios y sus reconciliaciones como un eco mundano en el que el cine se volvía turbio y poroso. Hace varios meses murió Jane Russel, que también fue grande del cine, pero por menos tiempo -aunque sólo sea por la pelea que entabló Howard Hughes con la censura por defender su busto en El bandido-, pero fue una estrella mucho más momentánea.

Liz Taylor, que ha vivido luego más años que Terenci, parecía que no iba a morir nunca. Ahora sólo nos queda Robert Redford, pero ya es el emblema de otra época: el Hollywood dorado, Sunset Boulevard, ha muerto para siempre.

domingo, 10 de abril de 2011

Poema del domingo

EL FOTÓGRAFO

1

Estás tan bella descalza y en vaqueros
que decido quitarte el jersey rojo:
ese deseo antiguo de horadarte
con una trasparencia en los tejidos
que se hace transfusión vertida adentro.

Aparece tu vientre,
hay una niebla intacta en tu desnuda
manera de quitarte los zapatos.

Perteneciente a El jersey rojo (Visor, 2006)

miércoles, 6 de abril de 2011

Málaga night



Joaquín Pérez Azaústre. Málaga, septiembre, 2010

lunes, 4 de abril de 2011

José Manuel Belmonte y su recreo de los ausentes


La imagen se recrea suspendida en el aire, con el caparazón de un cuerpo inerme apenas sostenido por un arnés colgante agitado en el viento. La imagen se arrodilla con los brazos extendidos, sosteniendo los libros que ya no podrá leer, la imagen se contempla en su espejo desnudo, incluso mira al frente, duerme, piensa, el eco indescifrable de ilusiones secretas, de pensamientos dichos en idiomas ignotos, en esa geografía de los cuerpos fundados en las nuevas realidades de millares de mundos concebidos desde una recreación en un idioma que va desmenuzando los recuerdos.

La imagen es el cuerpo de un hombre vigoroso, pero anciano. La imagen es aquella silueta que ya se pudo ver en la estación ferroviaria de Córdoba, la de un ajedrecista apoyado, silente, en el vacío, mientras jugaba su partida infinita quizá contra su propia claridad, ese adversario opaco de memorias que va ganando peso en transparencia, que se va adelgazando hasta acabar siendo los retazos de una sombra, el suspiro más apergaminado de una voz, un nombre que no tiene ya ni nombre. Aquella escultura, que saludaba a los viajeros de AVE que llegaban de Sevilla o de Madrid hace pocos años, era obra de José Manuel Belmonte, uno de los creadores más geniales, y con más carga humanista, que tiene Córdoba hoy. La obra de Belmonte, que ha recorrido casi medio mundo para quedarse, luego, expuesta en el otro medio, no siempre ha sido comprendida en Córdoba. Sin embargo los pliegues de sus cuerpos, sus miradas perdidas aledañas, como aquellos primeros hombres pájaro que parecían salidos de las historias primigenias de Flash Gordon, como si un nuevo Alex Raymond escultor se hubiera decidido a reinventarse en la mitología clásica, ya dieron una dimensión onírica a un proyecto que tiene siempre el hombre como fin y punto de partida, como una redención que muestra así su origen en la propia carencia, en el extravío de uno mismo.

Ha presentado, en el Patio Barroco de la Diputación de Córdoba, su nueva colección: El recreo de los ausentes, protagonizada por un grupo escultórico que es una alegoría del alzheimer, la demencia senil, ese estado puro y esencial que alcanzan esos cuerpos cuando están todavía dotados para la vida, aunque sus mentes, sus espíritus, sus hálitos internos, ya se han adentrado en otra vida; pero no la muerte especialmente, sino otra latitud, paralela quizá, donde el infantilismo puede incluso llegar a ser el resultado de la mayor depuración vital. Es difícil tratar de explicar una escultura, sobre todo con la intención moral que hay siempre en Belmonte, suavizada por la cualidad estética de hilar la sugerencia corporal. En esa misma ausencia se origina parte de la mejor poesía de Juana Castro, y también varios poemas muy hermosos de Matilde Cabello. Pasemos al recreo de los ausentes, a su escultura poética.

domingo, 3 de abril de 2011

Poema del domingo

RETRATO

Una vez fuimos de pesca,
trazamos la mañana de líneas invisibles.

Qué larga pesadez las cañas en la orilla
como arcos relajados que nunca se tensaron.

Aquello era un concurso de horas presagiadas,
el premio tanta paz junto a un río seco.

Sólo vimos un pez y eran mis manos
jugando con el agua a ser humildes.

Una vez fuimos de pesca y no pescamos nada,
sólo la ocasión intacta del regreso
por habernos mirado tan dentro del retrato.

Perteneciente a Delta (Visor, 2004)

sábado, 2 de abril de 2011

Concierto de Alexonor


La canción de autor me persigue también en Bruselas, o a lo mejor soy yo quien la persigue a ella. Vamos anteayer por la noche al recoleto Le Jardin de ma Soeur, un Café-Théâtre en una de las esquinas de la plaza de Saint Catherine. Entramos al local subiendo unas escaleritas: tiene forma de tubo y acaba en una tarima con un órgano electrónico, un micrófono con pie y unos altavoces sobre dos taburetes. Junto a las paredes, con varias viejas fotografías colgantes, unas cuantas mesitas de madera, con banquitos. Uno de los lados da con pulcritud a la plaza, y laluz verde de algunos de los árboles dormidos entra por las ventanas. Tenemos nuestra mesa reservada justo al pie del escenario. En la esquina, una pequeña barra repleta de botellas de todos los colores y tamaños. No sirven combinados -auténticos combinados, quiero decir-, pero sí tienen vermouth Noilly Pratt. Leemos:

Les petits Matins et les grands Soirs d'Alexonor

It revient avec de nouvelles chansons...
Et d'autres que vous connaissez déjà...
Il rit de lui, il rit de vous,
il rit de tout et de tout le monde

Alexonor (auteur-compositeur-interprète)

Aparece Alexonor, con pantalón rojo y zapatones rojos, y comienza a cantar, tocando el órgano. A partir de ese instante no se sirve ya ni una sola bebida. El dueño del local, fan de Alexonor, se coloca tras la barra como en el balconcillo de un anfiteatro, a disfrutar de su propio espectáculo. Escuchamos a Alexonor, en la plaza de Saint Catherine, y de pronto nos llegan los ecos de Brassens y de Jacques Brel, lo que aquí no es difícil. Es vieja canción de autor en el sentido que inspirara a Guerrero o Serrat, pero modernizada. Se puede disfrutar de la puesta en escena, de este café sin humo y sin embargo con el recogimiento misterioso del humo de las letras. Todo es celeste aquí. Las composiciones son muy rítmicas, y Alexonor se expresa gestualmente como un idioma propio y verdadero. Luego le compramos un par de discos y pensamos que las cosas son iguales en Bruselas y en Madrid, y en todas partes, que hay cantidad de bares en el mundo con buenos músicos y también buenas canciones que al final serán tan sólo -lo que no es poco- el reino celebrado de unos cuantos elegidos por su música de azar.

viernes, 1 de abril de 2011

Serrat, cantares y huellas


Esta tarde-noche ya primaveral, a las 20:00, se presenta en la Librería El Argonauta (C/ Fernández de los Ríos, 50) el libro Serrat, cantares y huellas. Estará el autor, el infatigable, fino y entusiasta escritor gaditano Luis García Gil, que ha hecho del rastreo de la canción una geografía ajustada al poema, y además unos presentadores de lujo: Fernando Lucini, y también Patxi Andión y Rodolfo Serrano. El libro suena a definitivo, a ensayo de vigor literario.

Patxi Andión ha sido la voz que en el poema ha ido desgarrando una verdad de calle delicada y sincera, turbia como el Rastro y honrada como el maestro, ese primer maestro sacudido en la frente por un viento de fuegos tenebrosos: qué habría sido de España, de esta España nuestra, si ese mismo maestro hubiera prolongado su labor pacífica, en esas mismas áulas con el carbón escaso y la pizarra seca dibujando un mundo más ancho y más esbelto que ningún dogmatismo.

Rodolfo Serrano es periodista, ensayista y mucho más que un padrino de este Blog, de su bolsa y la vida, de la caña en Teresa y la tarde en Méndez ojeando los libros del Acantilado. Rodolfo tiene tres libros de poemas publicados y es un poeta de la experiencia verdadera, de ese aire mordiente en las aceras convertido en virtud confesional. Querría comer hoy con él en El Urumea 2, tomar luego un gin-tonic -si nos abren- en el Barrio Alto y acompañarle luego a esta presentación. Para sentirle aún más cerca. Y quizá tomar otra.

En fin, que hoy es viernes en La Latina y yo escucho Lucía en el cielo quebrado de Magritte.