Joaquín Pérez Azaústre. Sevilla, marzo, 2007
miércoles, 20 de abril de 2011
martes, 19 de abril de 2011
Recuerdo de Manuel Cuesta en Córdoba
La Espiga como buque fantasma de la noche, como visión de nimbos entreabiertos donde es posible el milagro de la cordialidad. Qué tiene la noche si no es cordialidad, vestida con los mimbres del misterio. La Espiga, como espacio, tiene esa hospitalidad de encuentro, porque incluso los mismos materiales, su gente y esa disposición amable y recoleta, hacen a uno pensar que nuevos episodios están aún por venir. Así sucede en Córdoba en locales como La Espiga, con esa acción efectiva de la programación propia, que es la mejor manera de vincularse, de puertas para adentro, con cualquier iniciativa verdadera de cambio.Uno de esos cambios, aunque ya es reincidente en el nuevo paisaje de la ciudad de noche, lo representa el cantautor sevillano Manuel Cuesta. La música de Manuel Cuesta, la composición de sus canciones, en un largo poema entre el amor y el júbilo, y en la desesperanza de los días rojos del calendario junto al perfil de nácar de Audrey Hepburn, es una ensoñación que va bien a La Espiga, por lo que tiene de descubrimiento íntimo. Cada vez más ligado a la ciudad, Manuel Cuesta va a Córdoba y transita las rutas verdaderas, con un vino en Bodegas Guzmán y una caña en El Correo, mientras nos va ofreciendo un repertorio que, en los últimos años, no se ha movido mucho de su espacio en la transformación más personal, que es la que se va vertiendo sobre un compositor sin que él mismo lo advierta, tenuemente. Los ritmos son los mismos, las melodías también; sin embargo, hay una presencia tenebrosa que a veces aparece en el abismo de otros mundos posibles, en un acantilado que incluso presentido da la señal de alarma. Música como concienciación, palabra como música.
En estos años, y de esto se podría discutir mucho, ha habido una tendencia interesada y muy bien dirigida, para denostar todo lo que huela a canción de autor. Canción del autor o tío dando la chapa, con la guitarra y la camisa de cuadros, en plan folk. Algún día habrá que explicar, en estos términos, el daño que ha hecho a la cultura española la famosa movida, que se movió tanto que no ha dejado mucho. Hoy en día, todo el mundo tira hacia lo indie, porque la canción de autor está tan denostada que a ver quién tiene huevos, con perdón, de subirse a un escenario en esa estética. Pues bien, aquí tienen un cantautor de los de toda la vida, y además talentoso. Discípulo de Woody Guthrie, Bob Dylan, Leonard Cohen, pero también Pablo Guerrero, Serrat y los dos Silvios, el sevillano y el cubano. Poesía hecha palabras, con vocación de ser cantada, como en los poemas de Rodolfo Serrano y Miguel Ángel Ortega-Lucas. Bienvenido al futuro.
lunes, 18 de abril de 2011
Ernesto Pérez Zúñiga y su juego del mono
Qué misterio anida en el paso espectral a la bodega, en ese claroscuro de la alucinación moteada con unos cuantos monos evadidos, los custodios del sueño. La realidad alcanza su tensión de mixturas diversas, de varios y continuos planos soterrados que pueden atisbar, sobre las cosas, la mejor mirada diagonal: la inmediatez primera, la ensoñación lisérgica después, la ficción de una nueva juventud como contrabandistas en la playa, entre los pupitres del deseo, y también la necesidad de escapar de nuevo y renunciar al callejón escueto y sin salida de una vida marcada.Toda esta amalgama de situaciones, prendidas como redes subterráneas, pero también visibles, luminosas, y también mucho más, nos espera en la novela El juego del mono, de Ernesto Pérez Zúñiga. Ernesto Pérez Zúñiga es poeta y novelista, o novelista y poeta. Creo que en ningún momento una escritura ha llegado a imponerse definitivamente a la otra, y en ese sano equilibro convive –ha convivido- su actividad creadora, que sí se ha ido nutriendo de esa perspectiva múltiple y compleja, de vasos comunicantes pero autónomos también, dotando a su discurso de una complejidad no exenta de belleza natural en la forma. Natural o también artificial, porque el artificio del personaje central de su nueva novela, El juego del mono, está tan bien hilado, tiene tal maestría anímica en el encuadre espacial, que cualquier secuencia surrealista, increíble a priori, se nos vuelve posible y verosímil.
El protagonista de El juego del mono es un profesor de instituto en un pueblo costero cerca de Gibraltar. Convive con una realidad dura, con alumnos sin futuro a los que tiene que convencer de que lo tienen, cuando las dos partes saben que, de hecho, no es verdad: les espera una desesperanza indómita y certera, les espera la cárcel, la delincuencia, el crimen. Pero tampoco el joven profesor, alejado de cualquier eco literario a lo Keating de El club de los poetas muertos, posee un horizonte de vida deslumbrante: vive solo, no cree en nada –en su trabajo mucho menos-, apura cada noche con sus compañeros, en los bares de la zona, lo que aguantan sus cuerpos jóvenes aún, pero ya menos, y de vez en cuando duerme en otras camas.
Un día, volviendo con una tremenda borrachera, descubre que su casa, con un jardín descuidado, tiene un sótano. No lo había visto nunca, a pesar de que un ventanuco da al césped frondoso. Es entonces cuando se adentra en el enigma de su propia existencia, cuando aparece el mono con su juego envolvente. Metaliteratura, la foto de Ava Gardner como único asidero emocional, Dana Andrews, Lolita. El juego del mono es la literatura; pero también la vida descarnada de un profesor sin mañana, envejecido y solo, contada con verdad.
domingo, 17 de abril de 2011
Poema del domingo
SOBRE LA MUERTE
La muerte así, sin más, es una excusa larga,
un engaño fijado,
porque esa carne aún está en tu carne
y sabes que te mira,
que el tacto se mantiene,
que hay un suspiro tenue en el granito,
un eco que se filtra
más allá de la arena,
una voz que susurra que tras el monte
hay luces,
que estará esperándote
con la sonrisa franca de la tierra
abriéndose de pronto al encontraros.
Perteneciente a Delta (Visor, 2004)
viernes, 15 de abril de 2011
Elizabeth Taylor regresa a Babilonia
Era mucho más grande que la vida. Lo sabemos ahora, cuando ya no tenemos esos ojos violetas para bucear en silencio en su océano sereno. Ha sido todos sus personajes, y también ella misma, como su mayor creación, desmedida y tremenda, de una gran belleza sensual que ha excedido el canon de cualquier belleza sensual, porque era una estrella en un sentido del término que, seguramente, también ha muerto con ella.Quizá fue en Ivanhoe, interpretando a la judía Rebecca de York, con la melena oscura refulgente y la mirada pura de inocencia, cuando la carnosidad de su presencia alcanzó su limpieza cenital: la de una virgen avocada al patíbulo por no haberse entregado al despechado templario George Sanders, aunque luego sería salvada por el caballero sajón, favorito de Ricardo Plantagenet, Sir Ivanhoe/Robert Taylor. Era 1952. Dos años después –y con varias películas ya en su filmografía- vendría La última vez que vi París, un melodrama hermoso, doliente y elegante, basado en el relato Regreso a Babilonia, de Francis Scott Fitzgerald –que era también, en su literatura y en su vida, tan hermoso como doliente y elegante-, dando vida a una mujer enamorada de su joven marido novelista, con ese virtuosismo natural para dotar al mundo de alegría. Hay una gran ternura en esa lluvia fina golpeando la puerta cuando ella decide no caer en los brazos de su joven pretendiente –el futuro Santo y Bond, Roger Moore-, y volver a su casa. Pero su marido dormita en medio de una enorme borrachera y la puerta está cerrada por dentro. Ella llama, quiere de nuevo entrar para abrazarle, se acabó esa vida disipada, deben regresar al cariño sencillo; sin embargo, la puerta no se abrirá mientras la lluvia sigue golpeando su frágil corazón, y ella morirá luego de una pulmonía.
Vendría después Gigante, y su gran amistad con el gigante Rock Hudson, que sólo a partir de entonces llegó a tomarse en serio como actor. También El árbol de la vida, donde encarnaba –y nunca mejor dicho- a una mujer sureña arrastrada a un infierno de incendios interiores, grandes pesadillas infantiles y un final en aguas pantanosas. Nadie como ella pudo ser La gata sobre el tejado de zinc caliente, ni salir de una alfombra enrollada ante el César con apenas un manto transparente. Activista eterna contra el Sida, tras la muerte de Hudson, sus ojos siguen siendo los del cine.
jueves, 14 de abril de 2011
miércoles, 13 de abril de 2011
Eduardo García, o escribir un poema
Escribir un poema, hacer su estancia como un disparadero vertical, un catalizador de toda vida. Escribir un poema, quizá como respuesta a cualquier experiencia razonable, con lo que tiene también de incognoscible todo cuanto queremos razonar, de inaprensible cualquier lógica mundana, y por eso también escribir un poema en la visión de esas otras muchas latitudes holladas sin ninguna credencial tangible. Escribir un poema, como medio de estar en la calle y en casa, como un salvoconducto de días y de horas, de amalgamas diversas, de ritmos fluctuados más cerca de nosotros que de ayer, en una geografía de la memoria convertida en punzón ajustado al lenguaje. Qué sería de nosotros sin escribir un poema. Qué sería de muchos de nosotros sin una reflexión sobre por qué, cómo, cuándo, escribir un poema.Eduardo García lo logró en un ensayo titulado precisamente así: Escribir un poema, que podía delinearse como ese territorio adyacente y limítrofe con su obra poética. Después de títulos recobrados en la distancia ganada en la lectura, en ese humo difuso de los bares con unos recitales casi de leyenda –casi una leyenda- Eduardo García ha ido cincelando su propia biografía poética en unos márgenes cada vez más escuetos, reducidos, en una búsqueda propia que después ha ganado una luz torrencial de baile suelto, de movimientos plásticos, crecidos, que le han llevado a ver su vida nueva. Si uno lee sus títulos, puede así apreciar la variación, desde Las cartas marcadas hasta Horizonte o frontera, pasando por No se trata de un juego y acabando, ya también felizmente, en La vida nueva.
Entretanto, Eduardo García ha ido rescribiendo su poética: primero privadamente, pero después de una manera digamos más pública, y con vocación pedagógica, de ensayo poetizado convertido en materia, o en una teoría propia, que publicó con ese mismo título nada sugerente o elíptico, sino directo y sincero: Escribir un poema, porque Eduardo tenía ganas de contar todos sus mecanismos, esa relación con una realidad cada vez más cambiante en la toma de asuntos poéticos, esa variación de la naturaleza hacia la multiplicidad de perspectivas pero siempre en el aliento íntimo.
Lo ha reeditado en El Olivo Azul. Claro que Eduardo García no explica cómo se debe escribir un poema, porque él sabe mejor que nadie que en esto no hay más reglas –salvados ciertos límites muy básicos, casi gramaticales- que la voz de uno mismo. Pero tampoco Rilke lo intentó en las Cartas a un joven poeta, ni Vargas Llosa en las Cartas a un joven novelista o Ángel Zapata en Escribir un relato. Son ensayos que tienen más de autoconfesiones que de intención programática. Una aproximación divulgativa, una especie de autorretrato generoso y amable.
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