jueves, 16 de junio de 2011

La última botella





Joaquín Pérez Azaústre. Córdoba, septiembre, 2005

miércoles, 15 de junio de 2011

Feria de lluvia


Una Feria del Libro de Madrid sin lluvia no es la Feria real, sino una mascarada de normalidad. Hace once años, en la Feria del 2000, la lluvia anegó violentamente el albero recio del Retiro durante casi una hora. Todos nos resguardamos, si no recuerdo mal, donde pudimos; pero la localización ferial escogida también significaba una definición. A mi amigo José Luis y a mí nos pilló en la caseta de la extinta librería Miguel Hernández (...)

Sigue en Papeles perdidos, el Blog literario de Babelia (El País).

Un abrazo y feliz miércoles!

lunes, 13 de junio de 2011

Guillermo Busutil en Mucho Cuento


Va cayendo la noche en la azotea con un telar naranja sobre el fondo, la campiña azulada bajo el nimbo de un azul cobalto en los tejados. Es la terraza de la Hospedería del Atalía, pero esto no es poesía: es Mucho Cuento. Sería el mejor lugar imaginable para recitales de poemas, pero la asociación cordobesa Mucho Cuento le ha encontrado un uso más original, por lo que tiene de singularidad: un ciclo de presentaciones de libros de cuentos, un ciclo que acaba siendo, también, de recital de algunas de esas piezas a menudo entre la exactitud más minuciosa y ese relato extenso, más cercano a la novela corta. Todo esto cabe en el cuento, todo esto respira en Mucho Cuento.

El hallazgo ha sido también la ubicación en la terraza de la Hospedería del Atalia, con todas las cornisas extendidas bajo el faro solar de la torre de la Mezquita, amparando el susurro, las carpas y el silencio: cuánto de silencio hay en los cuentos, de teoría del iceberg de Hemingway, cuánto se nos cuenta y cuánto se nos hurta de la verdadera información para que así podamos encontrar esa poética de la sugerencia, que es la sensualidad de los relatos. Literatura abierta, la seducción del cuento es Mucho Cuento.

Así se ha presentado Vidas prometidas, de Guillermo Busutil, acompañado de Antonio Luis Ginés. Es Busutil un autor de corte seco y diagonal en la pegada, que lo mismo aborda una historia de los últimos indios verdaderos que salieron en las primeras películas de Hollywood que retrata, con un realismo lumpen doloroso, los últimos movimientos de un viejo campeón del cuadrilátero, su vida miserable, un poco a lo Más dura será la caída, de Budd Schulberg, o desgrana sus recuerdos familiares, en un cuento precioso que desvela los días con sus abuelos, todo cuanto aprendió de ellos, ahora ya entendidos como personajes del cuento más profundo del autor. Pero no ha sido Guillermo Busutil el único invitado a Mucho Cuento, que de forma altruista contacta con escritores de muy diversos sitios, siempre de cuentos, de relatos, y se los trae a Córdoba a mirar cómo cae la noche sobre nuestra Mezquita, con un público fiel que también forma parte de la asociación y, por supuesto, también escribe cuentos.

Mucho Cuento. Un género de moda, se dice algunas veces, pero que no ha estado de moda de verdad. Una forma de ser y de mirar la realidad con una pulcritud desmenuzada, como la de los cuentos de Julio Ramón Ribeyro y su estupendo Silvio en el rosedal. En fin, que esta asociación de escritores de cuento es un lujo para una ciudad como Córdoba, porque esta es la cultura verdadera: la que se va tejiendo poco a poco sin más aspiración que ser real.

domingo, 12 de junio de 2011

Poema del domingo


EL BUEN PASTOR


Yo soy el buen pastor. Tú lo sabías,
y por eso quisiste protegerme.
Entonces, muy menudo, como un suspiro de agua,
nadie hubiera podido imaginar
que en un torso pueril,
en una complexión indefensa y cambiante,
se estuviera nutriendo la osamenta
de un alto patriarca sin familia.
No un lobo estepario,
como todos soñamos con ser en el destierro
de una casa lejana con los padres distantes,
no un viajero entusiasta emergiendo en cubierta
cuando la juventud, sino un perro de guarda,
solitario a su modo,
pero pendiente al fin de una manada
que no le pertenece.
Quién podía intuirlo. Pero tú lo sabías,
veías dentro de mí una llamarada
aún más real
que todo el crepitar de hojas crujientes
con miedo a perecer dentro del bosque.
Entonces me llevaste hacia lo oscuro
igual que un día de picnic, dejando atrás la cerca,
donde todas las ramas, colgantes de un silbido,
se agitaban fibrosas en su espiral de acanto,
capaz de recortar sobre la noche
aquel manto chinesco de fantasmas
que no nos dieron miedo.
Poco antes de la vuelta,
escogimos un árbol gigantesco y fui trepando a lo alto para ver
las luces de los coches bajando la montaña,
la mancha celular de la ciudad.
No sé cómo volví, pero lo hice,
de muchos otros bosques interiores,
también de otras ciudades subterráneas
en las que derramé una fuerza nueva,
muy recién adquirida sobre el viento flotante,
muy de lobo estepario mientras tú
fuiste el ángel guardián de la espesura.

Pereneciente a Las Ollerías (Visor, 2011)

viernes, 10 de junio de 2011

Jorge Semprún se despide de ustedes


En los últimos días, hablaba sobre todo de Madrid. Soñaba con volver, pero esperaba que antes fueran a verle a París sus amigos, para hablar de nuevo un poco de español. Madrid ya apenas tiene que ver con la ciudad plomiza y tabernera que le vio nacer en 1923, ni tampoco con la que vivió treinta años después, cuando regresó con otro nombre bajo su militancia comunista, ni tampoco exactamente con aquella que abandonó cuando fue destituido como ministro de Cultura en el segundo Gobierno socialista de Felipe González, allá por 1991. Madrid, como ciudad, ya no existía para Jorge Semprún, y tampoco para Federico Sánchez ni la sombra alargada del escritor-político que no encontró su espacio ni en un país ni en el otro, ni en Francia por español ni en España por gabacho, pero que sí encontró en la lengua, mixturada en matices, el vehículo ideal para dar testimonio de la Europa terrible a la que le tocó sobrevivir.

Como en el caso de la muerte reciente de Ernesto Sábato, no es la columna el mejor lugar –ni mucho menos la extensión ideal- para entrar en la obra de un autor. Sin embargo, sí podría apuntar los libros que prefiero de Semprún: La segunda muerte de Ramón Mercader y Autobiografía de Federico Sánchez seguramente son dos de las más logradas, Federico Sánchez se despide de ustedes su libro más insólito –confesiones de un ex ministro con filtro literario- y también Adiós, luz de veranos, esa elegía de una juventud aventurada apenas después de la primera adolescencia. Jorge Semprún se ha pasado la vida diciendo adiós a la luz de los veranos, y después de ser liberado, con apenas 22 años, del campo de exterminio de Buchenwald –al que fue condenado por ser miembro de la Resistencia en París-, tuvo que elegir entre La escritura o la vida –otro de sus títulos- y escogió la vida para escribir más tarde, y no pegarse un tiro ante el horror: 44.904, su número de piel y su otro nombre, dieciséis meses en mitad del infierno.

Trabajó como traductor para la Unesco y renunció cuando la ONU reconoció la dictadura de Franco. Fue miembro del Comité Central del PCE hasta el 64, cuando Santiago Carrillo le expulsó de un partido que Semprún veía abocado a la regeneración. Él había comprendido lo que ya supo Stefan Zweig: que ninguna Europa será nunca posible, ni tampoco ninguna ideología, si se funda en el totalitarismo. Así condenó a ETA varias veces y a su tiro en la nuca, que le era demasiado familiar porque lo había visto de frente, con otros uniformes y el mismo resultado. Ha muerto en su estudio de París, rodeado de libros y maletas. Decía que con él se perdía la memoria del olor a la carne quemada de los campos.

jueves, 9 de junio de 2011

El fin de una época





Joaquín Pérez Azaústre. Puerta de Toledo, febrero, 2011

martes, 7 de junio de 2011

Superman de la ONU


Vuela Superman fuera de Norteamérica, en un mundo más ancho que nosotros. Sale Superman de su cripta de hielo, que era pensar su mundo dentro de la bandera de las barras y estrellas. La noticia viene desde DC Comics: en el número 900 de la serie, Superman renuncia a la ciudadanía americana. ¿La razón? Está cansado de que todas sus decisiones y sus acciones públicas se identifiquen con la política exterior de EE.UU. Con esta cercanía no tan reciente de los comics con la actualidad -sólo hay que recordar la renuncia del Capitán América a su uniforme en los años 70, cuando se convirtió en El Nómada, por no compartir ciertas políticas de no integración racial del Gobierno-, Superman se posiciona no del lado del poder estadounidense, sino en su responsabilidad universal. Me imagino que en los últimos años, sobre todo antes de Obama, Superman lo ha tenido que pasar mal con las políticas -las anti-políticas- de Bush. Ahora, con Obama, todo parecía distinto, pero es cierto que al final cualquier nueva actitud venida de Kal-El siempre es tenida por ese seguimiento del sistema estadounidense. Quizá ésta sea la causa de cierta concepción del personaje desde un lado imperialista, mientras que Batman, el oscuro, el beligerante, el nunca agente de la corrección, el fuera de la ley, ha sido concebido como un icono plástico de la libertad individual. Sin embargo, ¿qué hay del origen?

Superman no es Clark Kent. Clark Kent es, digamos, ese nuevo nombre para una nueva vida. Superman es, esencialmente, un inmigrante: aterrizó en Kansas del mismo modo que podría haberlo hecho sobre la helada estepa de Siberia. De hecho, en Amanecer Rojo, se juega con esta interesante posibilidad, estableciendo una ficción dentro de la ficción: un Kal-El soviético, educado desde su adolescencia por Stalin, lleva la utopía autoritaria a todo el planeta, excepto a unos resistentes, y también decadentes, devastados y libres, Estados Unidos de América. Por eso Superman es más que el color de una bandera, y representa un bien mayor que el mero interés de una nación única. Superman es, en esencia, la representación en comic del legado de Kennedy, cuando dijo aquello de que Estados Unidos no debía utilizar su hegemonía para imponer su voluntad al mundo, sino para amparar al débil.

La única fidelidad de Superman, frente a unas Naciones Unidas poco determinantes, debe ceñirse a su propia conciencia de muchacho de campo bonachón. Esto es lo que no entienden en Norteamérica, donde los sectores conservadores andan a la gresca con DC por haber privado al personaje de nacionalidad americana. Pero es que Superman ahora es del mundo, y se le puede entender mejor en Córdoba, por poner un ejemplo, que en una convención del partido republicano. De nuevo el comic explicando el tiempo: Superman, ciudadano del mundo a lo Rick Blaine.