domingo, 22 de abril de 2012

Poema del domingo


LOS VIOLINES HAMBRIENTOS


Los violines hambrientos. Tocaremos la aurora con su pan de equipaje, su maleza de cuarzo. Heredarás mi caja de herramientas, los dibujos parlantes al abrir la camisa. En la palma el dolor laminando el silencio. Perderás como ayer, pero no es importante: mantén la gracia, el don gratinado del cielo, su rabia pulmonar. No permitas que nadie condicione tu gesto. No hay caudal sin mutismo. Al final de la barra los mineros comercian con su propia fortuna. El palacio de cobre con su foso de humo, almadén sin escoltas oficiales de cal, el oficio privado de la perduración: descansaré a la sombra, y limpiaré tu voz de su propio equilibrio.


Perteneciente a Las Ollerías (Visor, 2011)

viernes, 20 de abril de 2012

Las mil vidas de Alberto Ballesteros


De entre todas las virtudes que lleva en su cajón Alberto Ballesteros, quizá la más importante es que no trata de imitar a nadie, de gustar a nadie, de caerle simpático a nadie. Y claro que Alberto Ballesteros, este songwriter emigrado de Sheffield que es de lo más brillante que uno puede encontrarse en la nueva noche madrileña, tiene influencias, ha buscado bien a sus maestros, sube al escenario y es una proyección que ha imantado el eco de un aplauso. Y claro que es simpático también. Pero una cosa es serlo y otra intentar serlo. Una cosa es haber escuchado bien a César Pop o a Quique González, y otra muy distinta intentar cantar como ellos, o escribir como ellos, o hasta imitar su tono o sus mensajes. Alberto Ballesteros tiene mil direcciones porque no ha parado de buscarlas, de tentarse a sí mismo para encontrar, al fin, la verdad de sí mismo, la singularidad que le da fuste, pegada y prontitud, y también muchas caras de una misma moneda radicalmente despierta; pero sobre todo, la intención de renovarse a cada golpe nuevo de canción, en las letras que tienen, de verdad, poesía -ahora que tanta gente, sobre todo cantando, se adjudica el vocablo-, y una nueva manera de cantar, que en realidad es la buena, la antigua, la de siempre, que se aleja del grito y se decanta por esa menudencia matizada que parece en muchas ocasiones que no llega, que se arrastra y te abraza, que se eleva y sucumbe a su propia caída, en su fiebre de labios, de guitarras partidas, de las botas castizas encontradas en una tumba abierta en el desierto de Arizona.

Mañana sábado, a las 22:00, toca en el Libertad 8. Le acompañarán Ángel Pastor y también Héctor Tuya, su productor musical en ese disco sobrio, auténtico, que no se parece a nada o no trata de hacerlo, que ha sido Teatro Chino. Alberto Ballesteros es de lo más honrado y digno que uno puede encontrarse cualquier noche de Madrid en una sala. Lleva, como todos, varias existencias en los hombros, la vida vespertina, también la taciturna, la escritura y la vida, el trabajo o la vida, pero tiene la inteligencia de no alardear de su alter ego, de guardarlo en su voz, cubrir su piel biográfica, de convertirla en verso, reverso de una piel que es la escritura lúcida del día.

No se lo pierdan.

jueves, 19 de abril de 2012

La primavera italiana de Pablo Rubio


Imagino a Pablo Rubio sentado tras su mesa del Café Comercial, atisbando los amplios ventanales y anotando los trazos minuciosos de la vida pintada. Lo veo –creo verlo- en uno de los asientos pegados a la pared, como esos sofás pardos que acomodan la espalda y te ofrecen, delante, toda la inmensidad del gran salón, ocupado por mesas de mármol negruzco, veteadas con hebras finísimas y blancas donde el café se derrama sobre el tique de la cuenta, formando comisuras imposibles de siluetas brumosas. Ahora estoy seguro: estoy viendo a Pablo Rubio, en este mismo momento, tomar notas en una de sus libretas, sobre el escenario que se ofrece, presuroso, cromático y tardío, al otro lado del cristal enorme, Madrid reblandecido en la glorieta luminosa de Bilbao, cuando el último sol se escurre por los áticos de grandes balconadas con su espesor sangriento.

Pero antes, poco antes, Pablo Rubio ha pasado por Barajas. Ha llegado de Italia, donde ha expuesto mucho y bien. En la Toscana, en Lucca, en una muestra colectiva reciente, pero también en Roma y en Bolonia. Ahora va hacia Córdoba, tras la parada en Madrid, donde preparará varias piezas que después enviará a Portugal. Pero es Italia, sobre la que escribiera Blasco Ibáñez un libro hoy un tanto olvidado, En el país del arte, que es una guía de viajes fastuosa, del escritor reencarnado en la verdad más pura de la piedra en el tiempo. Mucho sabe del tiempo, de su fragmentación quebrada en una identidad, Pablo Rubio, que ha ido construyendo una poética no muy alejada de uno de sus maestros, el griego Jannis Kounellis, que utilizó la tierra, el fuego, el humo y el carbón, la madera y hasta animales vivos no sólo en sus pinturas, sino también en sus instalaciones; así, el pintor cordobés –creador, también poeta del matiz sugerente con su verdad de fuerza material-, en la última colectiva en Lucca, ha compartido espacio con el mismo Kounellis, con lo que las distancias se definen en su plasticidad sobre el azar.

La muy interesante propuesta de Pablo Rubio es el territorio de la pérdida, sí, pero también la búsqueda interior, la multiplicación y el reencuentro. La identidad, o sea, con su doble vertiente de memoria y olvido, de recuerdo y presente, con lo que su pintura y sus espacios se van nutriendo también de la poesía visual de ese desvalimiento, y también el vigor, que es el tanteo, o acecho, hacia uno mismo.

L´identità frammentata es una biblioteca colosal poblada por papeles, libros y anaqueles, también retratos y objetos, casi siete metros de ancho por tres de alto, que de pronto asiste a su propio derrumbe, que es la misma caída del yo desvanecido. Si quieren internarse en su estimulante geografía, entren en www.pablos-pablos.com. Pura creación libre, con la hondura más dúctil.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Tres años sin Paul Newman


Tres años sin Paul Newman, y el mundo sigue siendo un lugar peor después de él. Escucho en la radio que se cumple el triple aniversario de su fallecimiento, y la orfandad se nota más allá del hecho irrevocable de su muerte, porque la presencia de Paul Newman irradiaba una suerte de extraña calidez, sustentada también por una biografía que se había separado de los sueños para anclarse en la mansa realidad. En el escenario de la frivolidad, él encontró el amor y le fue fiel casi de una manera anti-star-system, caminando con Joanne Woodward un poco a lo Errol Flynn al final de Murieron con las botas puestas, cuando ese general Custer romantizado le dice a Olivia de Havilland, antes de marchar hacia su fin, esa frase única: “Ha sido un placer pasear a tu lado por la vida”.

También ha sido un placer descubrir tanto cine al lado de Paul Newman, esa humanidad del sacrificio a la hora de vestir el personaje de una dignidad más allá del encanto de una cara. Empeñado siempre, como también Robert Redford muy poco después, en habitar películas que fueran algo más que mero entretenimiento, poco antes de morir, gracias a su marca de salsas, Newman’s Own, nada menos que 200 millones de dólares habían sido donados a la infancia del mundo. Es como si este hombre se hubiera descubierto con mayor hondura una vez pasado su propio túnel cinematográfico, y así, frente al cinismo, se hubiera decantado por una implicación que ya no era vital únicamente, sino ética, exigiéndose siempre lo mejor de sí mismo.

Recuerdo un artículo estupendo de Eduardo Mendicutti en el que relataba que una vez, viajando por Estados Unidos, se cruzó en un Drugstore con Paul Newman. No sabría precisar qué estaba comprando Mendicutti, pero sí su impresión cuando, al otro lado de una estantería abierta por ambos lados, se encontró con los ojos purísimos de Newman, todavía oceánicos, viejísimo y cubierta la cabeza por una gorra, vagamente sonriente mientras iba llenando su cesta del mercado. Ésa es la manera en que podemos recordar hoy a Paul Newman, envuelto en ese manto de azul serenidad; porque, a diferencia de otros mitos de Hollywood, en su caso no necesitamos recurrir a las fotos de su mayor belleza primigenia, ni recordarlo joven.

Si pienso hoy en Paul Newman, el tipo al que me habría gustado conocer, compartiendo unos cuantos botellines de su marca favorita de cerveza, charlando en las mecedoras del porche de su casa, no necesito evocar ninguna de sus películas, ni imaginarlo juvenil y radiante, sino que evoco al anciano, a ese hombre apacible de expresión todavía juguetona al que hoy hecho todavía más de menos en nuestra actualidad. No es que las estrellas de Hollywood nos ayuden a mucho, pero a veces alivia saltar al decorado.


Dedicado a Elvira González, Salva Caraballo y Rofolfo Serrano

domingo, 26 de febrero de 2012

Poema del domingo


UNA MADRE ESPERA EN LA FRONTERA



Cuidaste de la casa tanto tiempo
que sus negros fantasmas te olvidaron.
Y aquí estás, como una lluvia lenta
que escapa de las horas y entreteje
la historia de este campo que se extingue.

Madre, tiemblas aún
cada vez que este viento
cambia de voz y te nombra.

Cuidaste de la casa largos años.

Mujer, todavía esperas en Colliure,
pero ignoras que tu hijo está dormido
en la sangre que esconden estas rocas.


En el centenario de Campos de Castilla,
este poema de Una interpretación (Rialp, 2001)

jueves, 19 de enero de 2012

Leer a Carlos Pujol


Escucho la noticia de la muerte de Carlos Pujol ya no estoy viviendo un otoño en Crimea, ni mucho menos en Roma, ni estoy haciendo un viaje por la comedia humana. Recuerdo un poema suyo: “A fuerza de pulir como un diamante / espléndidas palabras, sus sentidos, / las sombras que la música sugiere, / se achica el material y se hace raro, / como una ensoñación que desvaría. / En mi juego de espejos ya no sé / a quién remite cada imagen ni / adónde me conducen / las oscuras verdades de la estética. / Ese polvillo de oro / es un producto cruel de la pericia. / Como sacar del aire perfección, / y el aire nos devuelve su vacío”. Carlos Pujol lleva muchos años puliendo el perfil puro de un diamante en el agua –ahora cito a Gimferrer-, en esa intención pura de ajustar su propia biografía de lector entusiasta a la no menos entusiasta lectura de sus obras.

Mucho ha habido en Pujol del Stefan Zweig ensayista, que se encaraba en la mejor cordialidad con Montaigne, con Tolstoi o Dostoievski, en ese primer plano de los textos que luego nos desvelan varias capas, esas atribuciones de la historia, de las estructuras y sus vuelos, que van dejando atrás su transparencia en la revelación de su sustrato. Carlos Pujol, cuando escribía sobre literatura –escribe: sus textos están vivos, más que nunca, ahora que los géneros se salen de sí mismos: Pierre Michon, Rimbaud el hijo-, entablaba un diálogo lector, pero también creador, en una especie de metafísica de la lectura, algo así como los cursos que dictaba Lampedusa, como el maravilloso de Lord Byron.

Para quienes acusen a los escritores que escriben de escritores de una falta de vida, cuánta pasión plena late en Carlos Pujol –en sus traducciones, sus estudios, de prosista total, entre Ronsard, Racine y Baudeleire, y por supuesto Shakespeare, su gran luz, en un hermanamiento que le acerca a Harold Bloom-, o cuando escribe Balzac y la Comedia Humana.

Está también su poesía, pulida y contenidamente confesional, directa, a la búsqueda de ese “polvillo de oro” que trata de sacar “del aire perfección”, a pesar de que el aire, de la vida y la muerte, luego nos devuelva, al final, “su vacío”.

No ha sido un vacío la obra narrativa de Carlos Pujol. Hemos citado, arriba, Es otoño en Crimea. Pero, ¿y la maravillosa, crepuscular, onírica, viscontiniana, lampedusiana, La sombra del tiempo? Ambientada en una Roma decimonónica –estamos ante es un novelista decimonónico que escribe desde la modernidad-, Roma se corona como un mundo que se nutre a sí mismo –como la misma vida-, que todo lo acumula y lo consume como el sueño más frágil, para luego latir en una eternidad que nos contempla, también, cuando seguimos leyendo a Carlos Pujol.

viernes, 13 de enero de 2012

Los que miran el frío, de Francisco Onieva


Mirar el frío cortante, su limpia desnudez. Francisco Onieva ha escrito un libro de relatos titulado Los que miran el frío, que ya es una intención fina del estilista dedicado a narrar el tierno desamparo, pero también su revés áspero, roído, capaz de rasurar la piel más seca y dejarla encarnecida a la intemperie. Pero, ¿qué es, exactamente, mirar el frío, cómo se configura esa contemplación de una temperatura? Si el termómetro es emocional –pero esa emoción plena, purísima, que a duras penas puede traducirse en palabras, que se vive por dentro y se aglutina como una digestión interminable, la de un dolor infinito-, mirar el frío sería asomarse a la desolación perfecta, la que ha dejado atrás cualquier atisbo escueto de esperanza.

Esto podría ser mirar el frío. Sin embargo, siguiendo cierta norma de Gabriel García Márquez –que cada novela debe estar contenida en su primera página-, y cambiándola ligeramente –porque esto es un libro de relatos y no una novela; y, además, quizá es el primer párrafo el que deba nombrar, por presencia o por omisión, el resto de la historia-, leemos al comienzo de Los que miran el frío: “Tal vez nada sucedió como lo recuerdo y la imaginación haya difuminado mi memoria a fuerza de escuchar una historia contada siempre por los otros, que me han obligado a recorrer mi vida como se recorre un paisaje en una fotografía velada, reinventándola con la yema de los dedos”.

Algo se podría ya decir, una impresión que se va desgranando a lo largo de nueve relatos, desde Las reglas del juego hasta el que da título al libro: una manera morosa, pero también porosa, de narrar, donde la vista es tacto y se convierte en una cualidad de la memoria. Hay una calma exacta en esta prosa, una especie de lenta contención que puede provenir de la doble naturaleza de narrador/poeta de Francisco Onieva –autor de poemarios como Los lugares públicos y Perímetro de la tarde-; así, en contra del tópico del poeta que se derrama en la narración, aquí nos encontramos con el extremo opuesto: el poeta con rigor de relojero suizo, que le aplica a la prosa la cadencia y también esa calidad de párrafo, pero con un pulso interior que se decanta por la sugerencia más sutil.

En Los que miran el frío, el lector encontrará personajes reales –como Miguel Hernández y Pedro Garfias- y otros no tanto; o quizá sí, en esta geografía literaria descubierta en el norte de la provincia de Córdoba, Retamal, donde el dolor se alía con la supervivencia tras la línea del frente.