“Creo que Harrison Ford puede encarnar a Indiana Jones hasta bien entrados los 90 años, aunque para entonces solo pueda comer puré”, ha dicho Steven Spielberg, añadiendo después que le encantaría seguir dirigiendo películas hasta el último día de su vida. “Ojalá, solo fíjate en Clint Eastwood. Tiene 81 años y hace unas películas fascinantes. Me encantaría seguir dirigiendo hasta el fin de mis días”.
La comparación también resulta fascinante, por el pulso interior que sabe mantener Eastwood en sus cintas, cada vez más acendradas, cada vez más dueñas del matiz compositivo sobre su realidad; seguramente Steven Spielberg puede rodar así, pero su dimensión más totalizadora del arte de narrar, esa dimensión tan abarcadora que sólo tiene un género: el cine, en esa densidad con su prisma disperso, aunque capaz también de reinventarse en cada concepción.
Pero su personaje, el que más quedará, el que hubiera elegido para serlo, ha sido el Indiana Jones escrito por George Lucas.
“Ahora tengo más energía que hace 20 años y no sé cómo reconciliar esa realidad con mi edad física. Estos años han sido como un entrenamiento mientras criaba a mis hijos, y ese es un esfuerzo mucho mayor que rodar películas. Al mismo tiempo mi apetito por contar historias ha ido a más; me encanta hacer películas y descubrir lo que encierra cada una de ellas”.
Por eso cree que Harrison Ford puede volver a ser Indiana Jones: porque necesita creerlo, porque su pasión se multiplica aunque su fuerza se haya reducido. Porque los viejos rockeros nunca mueren y los creadores tampoco, ni sus personajes. Indiana volverá, aunque sea con bastón, igual que tantos hombres y mujeres que aún sienten el vigor de todo lo vivido y lo aprendido, si la desilusión aún no se ha adueñado de todos sus espíritus celestes.
Volverá el doctor Jones, porque no hay más belleza plástica, invernal, que el ocaso del héroe.





