jueves, 10 de mayo de 2012

Los nadadores






Hoy sale a la venta mi novela Los nadadores.
Que sigamos nadando, juntos, mucho tiempo.

J.

jueves, 3 de mayo de 2012

Volverá el doctor Jones


Indiana Jones sentado en un sillón con la piel agrietada, curtida en el vigor del invierno más frío. Indy convertido en doctor Jones; pero ya retirado, jubilado por fin de su propia aventura y con la barba cana, un poco a lo Sean Connery en La última cruzada, con esa dualidad del académico encantado de serlo, que una vez saltó sobre El templo maldito sólo con un látigo y el sombrero de Bogart. Pero el doctor Jones cansado, rodeado de ensayos arqueológicos y atlas universales, mirando caer la lluvia detrás de la ventana, soñando con el vaho de una cueva angulosa, detrás de una laguna con vapores inquietos, el ruido de un motor todavía en marcha, porque el amerizaje ha sido demasiado pacífico y el despegue estará cosido por pequeñas cerbatanas punzantes.

“Creo que Harrison Ford puede encarnar a Indiana Jones hasta bien entrados los 90 años, aunque para entonces solo pueda comer puré”, ha dicho Steven Spielberg, añadiendo después que le encantaría seguir dirigiendo películas hasta el último día de su vida. “Ojalá, solo fíjate en Clint Eastwood. Tiene 81 años y hace unas películas fascinantes. Me encantaría seguir dirigiendo hasta el fin de mis días”.

La comparación también resulta fascinante, por el pulso interior que sabe mantener Eastwood en sus cintas, cada vez más acendradas, cada vez más dueñas del matiz compositivo sobre su realidad; seguramente Steven Spielberg puede rodar así, pero su dimensión más totalizadora del arte de narrar, esa dimensión tan abarcadora que sólo tiene un género: el cine, en esa densidad con su prisma disperso, aunque capaz también de reinventarse en cada concepción.

Pero su personaje, el que más quedará, el que hubiera elegido para serlo, ha sido el Indiana Jones escrito por George Lucas.

“Ahora tengo más energía que hace 20 años y no sé cómo reconciliar esa realidad con mi edad física. Estos años han sido como un entrenamiento mientras criaba a mis hijos, y ese es un esfuerzo mucho mayor que rodar películas. Al mismo tiempo mi apetito por contar historias ha ido a más; me encanta hacer películas y descubrir lo que encierra cada una de ellas”.

Por eso cree que Harrison Ford puede volver a ser Indiana Jones: porque necesita creerlo, porque su pasión se multiplica aunque su fuerza se haya reducido. Porque los viejos rockeros nunca mueren y los creadores tampoco, ni sus personajes. Indiana volverá, aunque sea con bastón, igual que tantos hombres y mujeres que aún sienten el vigor de todo lo vivido y lo aprendido, si la desilusión aún no se ha adueñado de todos sus espíritus celestes.

Volverá el doctor Jones, porque no hay más belleza plástica, invernal, que el ocaso del héroe.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Boetti sin tiempo


Al fondo del pasillo, el temblor de un candil. No sabemos bien si es una luz, su sombra proyectada con su gota cambiante en la pared o incluso su ilusión, recreada en sí misma más como posible aparición que como entidad definitiva. El eco de una luz, la lámpara dormida a lo largo de años. Es la Lampada annuale, o la Lámpara anual, una de las obras de Alighiero Boetti. Pero la lámpara, en sí misma, su promesa de luz, ¿puede contemplarse en realidad? ¿Dónde anida el pulso de la lógica, aplicada a la obra artística? ¿Y la diferencia entre realismo y verosimilitud, que tanto preocupó a Balzac y a sus contemporáneos –Stendhal, Flaubert, Hugo- y todavía hoy es el germen, el pulso o la contienda más definitoria del arte narrativo? Para Alighiero Boetti, el creador turinés del escurrimiento natural, la broma artística, la linde indisociable entre cualquier canon y la otredad, ese otro nivel que nunca había habitado, o al menos no frecuentemente, dentro de las paredes del museo, la lógica no existe, y tampoco sus márgenes tangibles.

La gracia de la Lampada annuale consiste en que se enciende sólo una vez al año. Una vez al año, sí: ¿pero cuándo, exactamente? Sobre todo, teniendo en cuenta que nadie, hasta el momento, ha llegado a contemplar ese encendido, aunque según la comisaria de la exposición que se pudo ver en el Reina Sofía de Madrid, Lynne Cooke, “parece ser que sí se enciende”. Lejos de ser una mera broma agitadora del arte, o una provocación para miradas excesivamente cartesianas, la muestra viaja ahora a Nueva York, coproducida por la Tate Modern de Londres y el MoMA de Nueva York, nada menos, tras pasar por Madrid.

La pregunta infinita –qué es arte y qué no es arte- tiene un espejo difícil en la obra de Boetti, que murió en Roma en 1994, pero es un autor sin tiempo, porque juega con él y lo somete en su propia experiencia ingobernable. Así, frente a la finitud de todos, la pregunta continua de Boetti, suscitada por él, es más importante que su obra, siempre diferente, inclasificable y alejada de cualquier categorización artística; pero también punzante, como una especie de industrialización del minimalismo imaginativo.

En 1971 comenzó Mappa, obra todavía en marcha cuando falleció, con más de 200 mapas del mundo realizados por bordadoras afganas: política, revoluciones, levantamientos, guerras, casi ciencias sociales aplicadas a ese cromatismo del bordado.

Artista de los trucos, virtuosismo de azar. Quien quiera conocer los límites del arte, pero también la voz ilimitada que alguien que pensó la creación sin obstáculos, deberá visitar el tiempo intemporal de Alighiero Boetti.

miércoles, 25 de abril de 2012

Un martini en NY

He visto a Maeve Brennan frente a un escaparate de Manhattan. La he visto dibujar un perfil anguloso con su delicadeza, el mentón detenido bajo el labio de quietud sugestiva, el pelo recogido y ajustado hacia atrás, las manos enlazadas delante del vestido, sosteniendo el sombrero con el lazo en la cinta. Hemos visto todos, una vez al menos, a esta chica esbelta, principesca y menuda, con el resto irlandés en la melancolía bajo los ojos y una puerilidad atractiva en los rasgos de cisne mucho más urbano que Grace Kelly. Así, uno imagina a Grace Kelly de muchas maneras, pero nunca embobada al otro lado del escaparate donde espejean los sueños de una joya. Sin embargo, si uno piensa en un cruce entre Dorothy Parker, o también una Zelda Zayre algo más cuerda –algo que hoy parece demasiado difícil, incluso a Woody Allen- y la Holly Golightly de Desayuno en Tiffany’s, podríamos encontrar a Maeve Brennan.

Su llegada a España, en forma de cronista de aquel Nueva York desmesurado, deprimido aún pero dispuesto a la alegría de la frivolidad con cierta intensidad en los brillos, también tiene nombre de mujer: hace diez años, Isabel Núñez buscaba en las estanterías de Strand, en plena Gran Manzana, un libro para una amiga. Entonces se encontró, por casualidad –como suele ocurrir, siempre, en las librerías de segunda mano- con las crónicas neyorquinas de Maeve Brennan, y así surgió su libro Sinrazones del olvido, escrito junto a Lydia Oliva. Luego pudo poner rostro y acción a una mujer joven que ahora la miraba desde el buzón del tiempo. Olvidada por todos, Maeve Brennan había muerto en 1993. Se sabía de ella que había sido escritora en The New Yorker bajo el seudónimo de The Longwinded Lady, en la sección The Talk of the Town, entre 1953 y 1968. Ahora se reeditan estas Crónicas de Nueva York en Ediciones Alfabia, tras una lucha constante, editorial a editorial, de Isabel Núñez –autora de la traducción y la edición-, seducida por su estilo y por el personaje: esta chica irlandesa, distinguida, que se había quedado en NY para ser escritora y fumaba en boquilla, como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, tenía predilección por las gafas de sol grandes y adoraba mirarse en los escaparates. Ella escribía en los bares. Su prosa se auscultaba bajo el brindis. Si querías tomar un dry martini, ella te llevaba al mejor bar.

Finalmente, ya envejecida, arrasada por su propio relato, acabó viviendo en los lavabos de The New Yorker y después en la calle, como cualquier mendiga de sus propias crónicas. ¿Se inspiró en ella Truman Capote para su Holly Golightly? Hoy parece que sí. Habían escrito juntos en Harper’s y Barzaar, y también en The New Yorker. Si analizas su foto, es una Audrey Hepburn algo más frágil.

lunes, 23 de abril de 2012

Día del Libro: Cervantes y la modernidad


Vuelves al Quijote y se acumula una lentitud de hojas prensadas, de grabados enormes de Doré ilustrando los ecos del pasaje. El Quijote es el eco del pasaje, y también del paisaje, la salida a la luz después de haber entrado en la Cueva de Montesinos, para poder mirarnos con más fuerza en la revelación de lo que somos. Al Quijote se vuelve siempre o casi siempre, aunque no se tenga el libro entre las manos; porque, de alguna forma, siempre lo tenemos durmiendo en la retina, atisbando los párpados, presionando el envés de lo que no seremos. Sin embargo, el Quijote sí es dueño de nosotros; no tanto de lo que somos, como de lo que ansiamos ser, de esa naturaleza paradójica entre la realidad y el deseo, con la idoneidad de cualquier sueño puesto cara a cara con su revés patético. Somos el Quijote y su angostura, somos la sustancia invertebrada de la España posible, en donoso escrutinio, con su hoguera final.

En esta vida, cualquiera se define en los homenajes que hace. Uno, cuando escoge hacer un homenaje, se está nombrando a sí mismo en el valor, y también en la falta de valor, de la figura homenajeada, de aquél a quien le presta, y le organiza, el aplauso de otros. Cuando Miguel de Cervantes comenzó a pergeñar el Quijote no estaba ya para muchos homenajes: la vida no le había dado demasiadas ocasiones como para sentirse agradecido, a pesar del aplomo valeroso con que don Juan de Austria había valorado su participación heroica en la batalla de Lepanto.

Corrupciones de entonces, no muy diferentes a las nuestras de ahora, con la compra de honores incluidos, fanfarrias al abrigo de figuras de honradez dudosa y justos que purgaban, en la cárcel, por las culpas de otros. Sin embargo, Cervantes deja a un lado el teatro y también la poesía, en parte porque no puede, ni con Lope en los escenarios, ni con Quevedo y Góngora en las rimas, y es entonces cuando decide, en el colmo de toda frustración, reinventarse a sí mismo, y probar a inventar su propio género, que nombre y pueda contener su vida.

Así nace el Quijote, con sus consabidos homenajes poéticos: así, parodiando a la novela de caballerías acaba sublimando su linaje –no sólo el de Amadís, o el de Tirant, sino también el propio, esa misma conciencia de hijosdalgo que tanto preocupara a su limpieza de sangre-, acaba prestigiando sus valores, esa tierna equidad que era una indignación del XVII.

El Quijote, con toda esa literatura dentro de la literatura, con toda esa raigambre de homenajes dentro del homenaje que es el libro con placer de contar, es la modernidad: no sólo Galdós, en pleno costumbrismo; el Roberto Bolaño de Los detectives salvajes. Una gran road-movie.