lunes, 14 de mayo de 2012
jueves, 10 de mayo de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
Volverá el doctor Jones
“Creo que Harrison Ford puede encarnar a Indiana Jones hasta bien entrados los 90 años, aunque para entonces solo pueda comer puré”, ha dicho Steven Spielberg, añadiendo después que le encantaría seguir dirigiendo películas hasta el último día de su vida. “Ojalá, solo fíjate en Clint Eastwood. Tiene 81 años y hace unas películas fascinantes. Me encantaría seguir dirigiendo hasta el fin de mis días”.
La comparación también resulta fascinante, por el pulso interior que sabe mantener Eastwood en sus cintas, cada vez más acendradas, cada vez más dueñas del matiz compositivo sobre su realidad; seguramente Steven Spielberg puede rodar así, pero su dimensión más totalizadora del arte de narrar, esa dimensión tan abarcadora que sólo tiene un género: el cine, en esa densidad con su prisma disperso, aunque capaz también de reinventarse en cada concepción.
Pero su personaje, el que más quedará, el que hubiera elegido para serlo, ha sido el Indiana Jones escrito por George Lucas.
“Ahora tengo más energía que hace 20 años y no sé cómo reconciliar esa realidad con mi edad física. Estos años han sido como un entrenamiento mientras criaba a mis hijos, y ese es un esfuerzo mucho mayor que rodar películas. Al mismo tiempo mi apetito por contar historias ha ido a más; me encanta hacer películas y descubrir lo que encierra cada una de ellas”.
Por eso cree que Harrison Ford puede volver a ser Indiana Jones: porque necesita creerlo, porque su pasión se multiplica aunque su fuerza se haya reducido. Porque los viejos rockeros nunca mueren y los creadores tampoco, ni sus personajes. Indiana volverá, aunque sea con bastón, igual que tantos hombres y mujeres que aún sienten el vigor de todo lo vivido y lo aprendido, si la desilusión aún no se ha adueñado de todos sus espíritus celestes.
Volverá el doctor Jones, porque no hay más belleza plástica, invernal, que el ocaso del héroe.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Boetti sin tiempo
miércoles, 25 de abril de 2012
Un martini en NY
lunes, 23 de abril de 2012
Día del Libro: Cervantes y la modernidad
Vuelves al Quijote y se acumula una lentitud de hojas prensadas, de grabados enormes de Doré ilustrando los ecos del pasaje. El Quijote es el eco del pasaje, y también del paisaje, la salida a la luz después de haber entrado en la Cueva de Montesinos, para poder mirarnos con más fuerza en la revelación de lo que somos. Al Quijote se vuelve siempre o casi siempre, aunque no se tenga el libro entre las manos; porque, de alguna forma, siempre lo tenemos durmiendo en la retina, atisbando los párpados, presionando el envés de lo que no seremos. Sin embargo, el Quijote sí es dueño de nosotros; no tanto de lo que somos, como de lo que ansiamos ser, de esa naturaleza paradójica entre la realidad y el deseo, con la idoneidad de cualquier sueño puesto cara a cara con su revés patético. Somos el Quijote y su angostura, somos la sustancia invertebrada de la España posible, en donoso escrutinio, con su hoguera final.En esta vida, cualquiera se define en los homenajes que hace. Uno, cuando escoge hacer un homenaje, se está nombrando a sí mismo en el valor, y también en la falta de valor, de la figura homenajeada, de aquél a quien le presta, y le organiza, el aplauso de otros. Cuando Miguel de Cervantes comenzó a pergeñar el Quijote no estaba ya para muchos homenajes: la vida no le había dado demasiadas ocasiones como para sentirse agradecido, a pesar del aplomo valeroso con que don Juan de Austria había valorado su participación heroica en la batalla de Lepanto.
Corrupciones de entonces, no muy diferentes a las nuestras de ahora, con la compra de honores incluidos, fanfarrias al abrigo de figuras de honradez dudosa y justos que purgaban, en la cárcel, por las culpas de otros. Sin embargo, Cervantes deja a un lado el teatro y también la poesía, en parte porque no puede, ni con Lope en los escenarios, ni con Quevedo y Góngora en las rimas, y es entonces cuando decide, en el colmo de toda frustración, reinventarse a sí mismo, y probar a inventar su propio género, que nombre y pueda contener su vida.
Así nace el Quijote, con sus consabidos homenajes poéticos: así, parodiando a la novela de caballerías acaba sublimando su linaje –no sólo el de Amadís, o el de Tirant, sino también el propio, esa misma conciencia de hijosdalgo que tanto preocupara a su limpieza de sangre-, acaba prestigiando sus valores, esa tierna equidad que era una indignación del XVII.
El Quijote, con toda esa literatura dentro de la literatura, con toda esa raigambre de homenajes dentro del homenaje que es el libro con placer de contar, es la modernidad: no sólo Galdós, en pleno costumbrismo; el Roberto Bolaño de Los detectives salvajes. Una gran road-movie.



