jueves, 31 de marzo de 2011

El largo adiós




Joaquín Pérez Azaústre. Puente Genil, marzo, 2007

martes, 29 de marzo de 2011

Manuel Alexandre, un recuerdo


Su mirada tenía aquella sombra heroica de los tiempos en que se compartían los cafés, cuando Madrid habitaba en La colmena antes de que Cela la escribiera. Tenía nombre de actor y de poeta, pero como muchos actores y poetas comenzó a estudiar Derecho antes de que la guerra lo sacara del aroma aquietado de las aulas, de esa lentitud de la pizarra que daba poco vuelo a su interpretación. Poco después, el hambre y la contienda, y también la amistad en el Teatro Universitario con Fernando Fernán Gómez, que habría de marcar el resto de su vida. Un Madrid murió, hace meses, con él: el Madrid del Gijón, de los actores y de toda esa gente de difusa ralea y malvivir, todo ese horizonte de nervio y perdición que alumbraban las horas de la noche con un chato de vino a lo Claudio Rodríguez. Eran chicos imberbes todavía en la guerra y hombres en la España de la desolación, que sólo se reunía en los cafés: fue antes de que Umbral decidiera mandar en el Gijón, cuando sus reyes eran Perico Beltrán y Fernán Gómez, pero también los poetas del 50 y el cordobés Manuel Álvarez Ortega, que andaba traduciendo a los simbolistas franceses cuando todo en España era un simbolismo del desastre con un significado demasiado evidente.

Ése fue el Madrid de Manuel Alexandre, que ha muerto con tres centenares de películas, series de televisión y obras de teatro en su espalda delgada de secundario exacto, cargado de matices en la frase, que a veces era una, y sólo una, con una humanidad de perdedor consumido en sus flecos amables sin que se le advirtiera el artificio. Teatro Reina Victoria, Teatro Eslava, el Español. Bienvenido, Mister Marshall, Cómicos, Muerte de un ciclista, Viaje de novios, Calle Mayor, El Malvado Carabel, La vida por delante, Plácido, Atraco a las tres, Don Quijote cabalga de nuevo, Vota a Gundisalvo, El caso Almería, El año de las luces, El bosque animado o Sinatra, son sólo un retazo de su presencia en varios de los títulos más significativos de las últimas décadas, cuyo cine ha tenido en Alexandre ese buen hacer del artesano como cimentador de la estructura actoral de cualquier película, esa seguridad sobre el oficio.

De las series, estuvo en todas, o casi: Curro Jiménez, Cervantes, Fortunata y Jacinta, Estudio 1, Los ladrones van a la oficina, La regenta, Blasco Ibáñez, y hasta hizo de dictador acabado en 20 N: los últimos días de Franco. En su última película, ¿Y tú quién eres?, de Antonio Mercero, visión crepuscular y sensibilizada del alzheimer, con Cristina Brondo como nieta bella y dulce entregada a su vida final, fue protagonista del ocaso.

Es el rostro del cine, es nuestro cine, con su pequeña historia sin finales felices.

lunes, 28 de marzo de 2011

Leonardo Padura y el asesinato de Trotski


En De qué hablo cuando hablo de correr Haruki Murakami se refiere a esos novelistas que tienen que ir ganando fuerza muscular a base de constancia, cavando a pico y pala, hasta que un día se topan con un manantial. Si escribir tiene algo de trabajo pesado, por el trato con unos materiales de difícil manejo, ¿qué es lo que ocurre cuando todo ese trabajo artesanal, duro y continuo, es llevado a cabo, además de con fe, con un impresionante talento de por medio? Lo que ocurre es Leonardo Padura, y el manantial hallado ya no es únicamente una brillantez, sino una soledad de cima rutilante. Si algo había quedado claro antes en sus novelas policíacas era que Leonardo Padura dominaba ese andamiaje, sus armas de escritor, ese pico y pala de la construcción de un personaje y de sus situaciones, de un paisaje poroso y sensorial habitado durante la lectura, pero también cuando han pasado ya meses, y hasta años, desde que se cerró el libro. Ya en Adiós, Hemingway, toda esa destreza estaba al servicio de un reto mayor: la reconstrucción de un personaje conocido por todos, desde la admiración y el desencanto que cualquier lector de Hemingway ha experimentado alguna vez en su vida, y convencernos con verdadero oficio de escritor de que una nueva versión del personaje, y a la vez la de siempre, caminaba de nuevo por Finca Vigía esa última noche del disparo.

Pero ha sido con El hombre que amaba a los perros, centrada en las figuras de Ramón Mercader, el asesino de Trotski, desde que empieza a convertirse en su ejecutor, y en el propio Liev Davídovich, desde el inicio del destierro que le conduciría hasta su muerte violenta en Coyoacán, cuando Leonardo Padura ha encontrado al final esa vía de agua esplendorosa a la que se refiere Murakami, que en el caso de Padura no queda reducida al gran talento que ya le conocíamos, sino que ha alcanzado una dimensión de magisterio colosal y potente, de una envergadura, sabiduría y pasión, perfil de personajes, de sus travesías y sus miedos, esas zozobras íntimas, secretas, que vuelve humana la Historia y sólo está al alcance de los grandes gigantes.

El hombre que amaba los perros es una novela gigante de personajes gigantes, que luego sin embargo resultan tan creíbles como la compasión y el dolor. La transformación de Mercader en su propia sombra histórica, la del asesino de Trotski, y su evolución posterior, décadas después del magnicidio, tratando de encontrar en sus ruinas un resto del muchacho que un día fue; la figura del propio León Trotski, crepuscular y desesperanzada, pero azuzada por la resistencia, el valor en la huida, e Iván, el narrador, cubano también represaliado por el comunismo de la isla, son sus tres planos alternantes, alimentados entre sí con ritmo y sugerencia instintiva de puzzle.

Los perros borzois, tan amados por Trotski y su asesino, aparecen esbeltos, elegantes, como la dignidad perdida del mundo tras la devastación de la máquina de exterminio estalinista en la guerra española, en Cuba y en sus purgas genocidas. La descripción de la intimidad familiar de Trotski, asediado y condenado a muerte en la distancia, repudiado por todas las naciones hasta que llega al México de Cárdenas, en Noruega, en Turquía o en la desolación de un vagón de tren paralizado por un temporal de nieve en medio de la estepa rusa, es magistral en todos sus matices. Investigación, ficción, ensayo y personajes tratados con una fina autopsia emocional: la novela total vive y respira como esos principescos galgos rusos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Poema del domingo


ANAQUEL

Los aires redentores
contagian a las sombras que se escapan,
que quiebran la frontera de una línea
fibrosa en el papel, en un papel armado
de agudos desalientos, aristas flameadas.
Se puede convivir, se ha convivido,
lo que ha sido puede volver a ser:
los libros que se guardan, que se ubican.
En esta estantería hay sitio para todos.

Perteneciente a Delta (Visor, 2004)

sábado, 26 de marzo de 2011

Álbum de fotos, o casi una poética


La memoria es la luz indirecta del cerco, el límite al acecho del instante futuro. Dijo alguna vez Jaime Gil de Biedma que los temas de su obra eran “el paso del tiempo y yo”, lo cuál es decir mucho y también es decir nada: porque el paso del tiempo y uno mismo es la síntesis de cualquier escritura, por encima de propuestas estéticas variadas. Antonio Machado, un poeta al que Biedma se sentía muy afín, podría haber afirmado exactamente lo mismo; pero también Juan Ramón Jiménez, no tan afín a Jaime Gil de Biedma, simplificando al máximo toda su escritura, incluyendo la prosa y su última etapa, podría también decirlo: porque incluso la poesía del lenguaje acaba siendo el reino de uno mismo, como tanto sufrió y gozó Emily Dickinson, una gran poeta con su ensimismamiento no del todo simpático. Uno, cuando escribe, ¿por qué escribe?

Escribo como recuerdo, escribo para acordarme de mí mismo. Ya sabemos que el paso del tiempo es una constante, y también la propia vivencia personal. Sabemos que la patria del lenguaje puede reclamarse como fin en sí mismo –esto es: Góngora, pero también Mallarmé y una larga tradición- o como medio para un fin –poesía social, cierto 50 y el mejor Blas de Otero-, y que el habla coloquial puede llegar a ser una retórica mucho más ambiciosa que la construcción de un mundo visual. Sabemos que se puede entablar un diálogo con la propia poesía –metaposía, metaliteratura al fin: cierta tradición del 27 emparentada con la generación del 70 en España, los novísimos-, y con el resto de equipaje cultural, en un cuestionamiento de los símbolos que acaba siendo, también, una indagación de la identidad propia y su proyección social, y que la indagación histórica, geológica, vital, emocional, cambiante, es siempre motivo del poema.

El poema como planteamiento de asuntos, como interrogador de lo real: ¿dónde acaba y empieza lo real? ¿Se pueden poner lindes al realismo? ¿Un poema es más realista por ser más un notario del aquí y del ahora, que por tratar de trascender la realidad buscando alteridades más diversas? La poesía surge de la tensión entre planos, lo reconocible y lo insondable, en varias poéticas, y el debate sobre la realidad, que ha nutrido la teoría poética y novelística en los últimos dos siglos, por ahora será cíclico.

Sin embargo, hoy la realidad es todo. ¿La realidad es memoria? Por supuesto que sí. Y hay que ajustarla. Uno debe poner en orden sus fotos familiares, también limpiar el polvo de las tapas y repasar los rostros más antiguos, que también fueron jóvenes un día y vivieron sus horas en aquella avenida con el vértigo alzado de una nueva vida por hacer. Un libro no puede contestar todas las respuestas, pero al menos sí las suficientes para seguir viviendo.

jueves, 24 de marzo de 2011

The wall



Joaquín Pérez Azaústre. Bruselas, febrero, 2011

miércoles, 23 de marzo de 2011

Pablo Guerrero, en este ahora


Escrito en una piedra con los cielos tan solos. Los títulos de los libros de poemas de Pablo Guerrero tienen tal unidad armónica interior, tal integridad corpórea y material que pueden enlazarse como un todo, en una calidad orgánica y tangible. Anteayer por la noche, Pablo Guerrero estuvo en Córdoba para presentar el libro homenaje que le ha editado El Páramo, A Pablo Guerrero en este ahora, coordinado por Antonio Marín, con colaboraciones de Luis Eduardo Aute, José Luis Ferris o Alejandro López Andrada, entre muchos otros. Es hermoso el título, En este ahora, porque en este ahora nombrar a Pablo Guerrero, reivindicar sus poemas convertidos en canto, su canto vuelto voz sonora y desgarrada, proyectada en las sombras de un recogimiento clamoroso, no es únicamente una justicia histórica: es, también, una necesidad íntima y generacional.

Alejandro López Andrada ya le acompañó, antes, en un disco con adaptaciones de poetas extremeños, Luz de Tierra. López Andrada, claro, no es extremeño, sino de Los Pedroches, y en esa latitud de horizonte finísimo, encrespado de claridad cobáltica, la poesía de Alejandro nos revela, también, esa doble naturaleza o doble nacionalidad paisajística, sentida, de una gran pureza ornamental de grandes coincidencias con la poesía de Pablo Guerrero, que se ha ido macerando en una auscultación de la naturaleza convertida en una sabiduría que casi nace y acaba en sí misma, generada por su revelación. De ahí su inclusión en el disco, por esa afinidad que excede la procedencia y convierte los ánimos en la mejor credencial. José Luis Ferris también es poeta, y ha escrito además una gran biografía de Miguel Hernández, con lo que el cerco aquí se va estrechando en las complicidades, las voces y los ecos, ese arpa de hierba transitado por la poesía que nace de la necesidad de ser escrita, ya sea en una piedra o sobre el mar.

Es hermoso que Pablo Guerrero haya venido a Córdoba, una vez más, y como en otras ocasiones anteriores acompañado de Rodolfo Serrano, con la hermandad hablada en el poema y también con esa filiación que dio a luz el disco Hechos de nubes, producido por Los paraísos desiertos. Cuenta colaboraciones como las del recordado José Antonio Labordeta, el propio Aute, Víctor Manuel y, por supuesto, Ismael Serrano, que ejercía además de productor. También estaba en aquel libro Javier Álvarez, con quien Pablo grabó el sorprendente disco Guerrero Álvarez, con la gran finura natural de dos generaciones encontradas, en esas melodías y el poema. Esta unión fue estupenda, con lo folk que es Guerrero y lo pop de Álvarez, pero la mixtura resulta de una gran belleza en el empaste, en lo recitado y lo cantado. Para mí ha sido un privilegio leerle y escucharle, siempre cerca, esperando que al fin, un día de éstos, vuelva a llover A cántaros.