jueves, 28 de abril de 2011

Edad



Joaquín Pérez Azaústre. Monasterio de los Jerónimos, Córdoba, marzo 2004

martes, 26 de abril de 2011

Juana Castro y sus Cartas de enero


Juana Castro transcribe unas Cartas de enero, las hilvana en la pugna sideral de un remanso suave. Mucho ha tenido Juana Castro, que acaba de ganar el Premio Nacional de la Crítica por su último libro de poemas, Cartas de enero, que vivir y sufrir, para llegar a esta depuración final que ha revalorizado al fin toda su trayectoria. De hecho, Cartas de enero (Vandalia, Fundación José Manuel Lara, 2010), se publicó conjuntamente con Heredad, una antología del resto de su obra. Juana Castro es una poeta cordobesa que lleva mucho tiempo cultivando un esmero verbal, una intención ética. Todos sus libros anteriores –Arte de cetrería, como Cóncava mujer- le han dado el estímulo del reconocimiento lector, de un afianzamiento de los movimientos feministas que han visto en ocasiones, en la poesía de Juana, una razón de ser estética.

Juana Castro lleva muchos años reivindicando la poesía femenina. Pertenece a una generación –nació en Villanueva de Córdoba, en 1945- en la que se había vuelto imprescindible, o al menos así lo entendió ella, escribir desde su condición de mujer, y también explicarlo y matizarlo. Quizá para los nacidos a partir de la democracia, este empecinamiento bravío, constante, de Juana Castro por los valores feministas nos pueda parecer algo superado abiertamente –aunque luego ahí está el lacerante, indignante, doliente, terrorismo doméstico, para convencernos de que las cosas no han cambiado tanto como a veces parece-, y la cuestión de género, capital para ella y sus compañeras de aventura, sea ya también un concepto asumido.

Entre mis compañeros escritores, una novela o un poema no es mejor ni peor por estar concebido por una mujer o por un hombre, sino por sus cualidades formales, por su ritmo, por su capacidad para la evocación o su respiración sensorial, su porte onírico. En la generación de Juana Castro, venida de una época de absoluto menosprecio hacia lo femenino, de subordinación de la mujer a un machismo asfixiante, vindicar la naturaleza de la mujer y su necesidad imperiosa de una igualdad absoluta de derechos, se convertía en un asunto poético.

La poesía de Juana Castro es plástica y sonora, tiene esa verbalizad gozosa enlazada con el 27 y con el Grupo Cántico, de Córdoba, pero también con la revista Caracola en Málaga y con Platero en Cádiz. Pura poesía viva, ese tiempo heroico regresado. Juana Castro se afina, resplandece, entre la compasión y el dolor.

domingo, 24 de abril de 2011

Poema del domingo


EL LABERINTO

Ella estaba detrás del laberinto.
Lo supe al conocerla.
Aunque al principio, al relumbrar su cuello
en la puerta fugaz de aquel hotel
(creo que podía ser el Miguel Ángel,
y había un piano-bar), jamás me habría creído
que era posible entrar con tanta suerte
ni en ningún otro hotel, ni en cualquier otra parte.
Tenías que haberla visto. Tenías que habernos visto.
Era casi imposible imaginar
a dos seres tan frágiles,
con un fulgor tan raramente humano.
Y el brillo se quedó dentro del pecho,
como un tibio dolor del corazón.
Poco después moriste, pero ya pude ver
que había una hebra invisible, un deseo capilar,
en ti y en ella,
de no tener más freno que la muerte.
Y se lo dije entonces, quizá hasta un poco antes:
eres como un cachorro de león asustada.
Tú sólo tienes miedo de tener
ese miedo más grande que la vida.
Eres como un cachorro de león asustada,
porque un león no se rinde,
no cesa ni claudica,
se encrespa en la batalla,
apenas retrocede
y muere de un impulso o ruge y toma aliento
y vence a dentelladas.
Me gustaría decirte que fue fácil.
Me gustaría decirte que aún es fácil.
Pero ella está detrás del laberinto
y no hay salida fuera de sí misma:
es un hotel costero abandonado
donde todas las puertas nos llevan hasta el mar.

Perteneciente a Las Ollerías (Visor, 2011)

jueves, 21 de abril de 2011

El aire regresado


La entrada despedía el olor a libros en cuanto abría la puerta. Una Semana Santa de hace más de diez años, también con otros pasos para los mismos ritos. Granada entonces era, para mí, Paseo de los Tristes sobre todo, Cuesta de Gomérez y la Alhambra. Y Bodegas Castañeda, con sus toneles pulcros para el sorbo concéntrico. Y una mirada oscura, como piel de pizarra, con el rastro de Lorca seguido hasta el hotel que fue la última casa que habitó. También una librería, como siempre suele aparecer, con todas las paredes en su escama de libros. Compré dos, que luego regalé: una vieja edición de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez, y, en su edición intonsa de Adonais, El aire que no vuelve, de Julio Aumente.

Era 1996. Cántico entonces, para mí, era un recuerdo sin habitación, una fotografía de enigma y juventud en la que reconocía, únicamente, los rostros de Ricardo Molina y de Pablo García Baena. Empecé a leer a Julio Aumente uno de esos días, seguramente después de un paseo por el Albaicín: “Ah, las tardes de estío en las quietas ciudades… / Pálidas procesiones donde brillan las sedas, / suaves bajo el sol que muere tras las torres / del Palacio Obispal, pintado de amarillo”. Claro que aquello no era la Pasión, sino el poema Octava del Corpus. Pero aquello era Córdoba, y también Granada y uno mismo. Estas tardes de estío en las quietas ciudades. La solución del libro, y de mi tiempo de entonces, estaba sin embargo en el poema Bajo la lluvia mira… En no escribirlo.

miércoles, 20 de abril de 2011

El faro de Avicena





Joaquín Pérez Azaústre. Sevilla, marzo, 2007

martes, 19 de abril de 2011

Recuerdo de Manuel Cuesta en Córdoba


La Espiga como buque fantasma de la noche, como visión de nimbos entreabiertos donde es posible el milagro de la cordialidad. Qué tiene la noche si no es cordialidad, vestida con los mimbres del misterio. La Espiga, como espacio, tiene esa hospitalidad de encuentro, porque incluso los mismos materiales, su gente y esa disposición amable y recoleta, hacen a uno pensar que nuevos episodios están aún por venir. Así sucede en Córdoba en locales como La Espiga, con esa acción efectiva de la programación propia, que es la mejor manera de vincularse, de puertas para adentro, con cualquier iniciativa verdadera de cambio.

Uno de esos cambios, aunque ya es reincidente en el nuevo paisaje de la ciudad de noche, lo representa el cantautor sevillano Manuel Cuesta. La música de Manuel Cuesta, la composición de sus canciones, en un largo poema entre el amor y el júbilo, y en la desesperanza de los días rojos del calendario junto al perfil de nácar de Audrey Hepburn, es una ensoñación que va bien a La Espiga, por lo que tiene de descubrimiento íntimo. Cada vez más ligado a la ciudad, Manuel Cuesta va a Córdoba y transita las rutas verdaderas, con un vino en Bodegas Guzmán y una caña en El Correo, mientras nos va ofreciendo un repertorio que, en los últimos años, no se ha movido mucho de su espacio en la transformación más personal, que es la que se va vertiendo sobre un compositor sin que él mismo lo advierta, tenuemente. Los ritmos son los mismos, las melodías también; sin embargo, hay una presencia tenebrosa que a veces aparece en el abismo de otros mundos posibles, en un acantilado que incluso presentido da la señal de alarma. Música como concienciación, palabra como música.

En estos años, y de esto se podría discutir mucho, ha habido una tendencia interesada y muy bien dirigida, para denostar todo lo que huela a canción de autor. Canción del autor o tío dando la chapa, con la guitarra y la camisa de cuadros, en plan folk. Algún día habrá que explicar, en estos términos, el daño que ha hecho a la cultura española la famosa movida, que se movió tanto que no ha dejado mucho. Hoy en día, todo el mundo tira hacia lo indie, porque la canción de autor está tan denostada que a ver quién tiene huevos, con perdón, de subirse a un escenario en esa estética. Pues bien, aquí tienen un cantautor de los de toda la vida, y además talentoso. Discípulo de Woody Guthrie, Bob Dylan, Leonard Cohen, pero también Pablo Guerrero, Serrat y los dos Silvios, el sevillano y el cubano. Poesía hecha palabras, con vocación de ser cantada, como en los poemas de Rodolfo Serrano y Miguel Ángel Ortega-Lucas. Bienvenido al futuro.

lunes, 18 de abril de 2011

Ernesto Pérez Zúñiga y su juego del mono


Qué misterio anida en el paso espectral a la bodega, en ese claroscuro de la alucinación moteada con unos cuantos monos evadidos, los custodios del sueño. La realidad alcanza su tensión de mixturas diversas, de varios y continuos planos soterrados que pueden atisbar, sobre las cosas, la mejor mirada diagonal: la inmediatez primera, la ensoñación lisérgica después, la ficción de una nueva juventud como contrabandistas en la playa, entre los pupitres del deseo, y también la necesidad de escapar de nuevo y renunciar al callejón escueto y sin salida de una vida marcada.

Toda esta amalgama de situaciones, prendidas como redes subterráneas, pero también visibles, luminosas, y también mucho más, nos espera en la novela El juego del mono, de Ernesto Pérez Zúñiga. Ernesto Pérez Zúñiga es poeta y novelista, o novelista y poeta. Creo que en ningún momento una escritura ha llegado a imponerse definitivamente a la otra, y en ese sano equilibro convive –ha convivido- su actividad creadora, que sí se ha ido nutriendo de esa perspectiva múltiple y compleja, de vasos comunicantes pero autónomos también, dotando a su discurso de una complejidad no exenta de belleza natural en la forma. Natural o también artificial, porque el artificio del personaje central de su nueva novela, El juego del mono, está tan bien hilado, tiene tal maestría anímica en el encuadre espacial, que cualquier secuencia surrealista, increíble a priori, se nos vuelve posible y verosímil.

El protagonista de El juego del mono es un profesor de instituto en un pueblo costero cerca de Gibraltar. Convive con una realidad dura, con alumnos sin futuro a los que tiene que convencer de que lo tienen, cuando las dos partes saben que, de hecho, no es verdad: les espera una desesperanza indómita y certera, les espera la cárcel, la delincuencia, el crimen. Pero tampoco el joven profesor, alejado de cualquier eco literario a lo Keating de El club de los poetas muertos, posee un horizonte de vida deslumbrante: vive solo, no cree en nada –en su trabajo mucho menos-, apura cada noche con sus compañeros, en los bares de la zona, lo que aguantan sus cuerpos jóvenes aún, pero ya menos, y de vez en cuando duerme en otras camas.

Un día, volviendo con una tremenda borrachera, descubre que su casa, con un jardín descuidado, tiene un sótano. No lo había visto nunca, a pesar de que un ventanuco da al césped frondoso. Es entonces cuando se adentra en el enigma de su propia existencia, cuando aparece el mono con su juego envolvente. Metaliteratura, la foto de Ava Gardner como único asidero emocional, Dana Andrews, Lolita. El juego del mono es la literatura; pero también la vida descarnada de un profesor sin mañana, envejecido y solo, contada con verdad.