domingo, 26 de febrero de 2012

Poema del domingo


UNA MADRE ESPERA EN LA FRONTERA



Cuidaste de la casa tanto tiempo
que sus negros fantasmas te olvidaron.
Y aquí estás, como una lluvia lenta
que escapa de las horas y entreteje
la historia de este campo que se extingue.

Madre, tiemblas aún
cada vez que este viento
cambia de voz y te nombra.

Cuidaste de la casa largos años.

Mujer, todavía esperas en Colliure,
pero ignoras que tu hijo está dormido
en la sangre que esconden estas rocas.


En el centenario de Campos de Castilla,
este poema de Una interpretación (Rialp, 2001)

jueves, 19 de enero de 2012

Leer a Carlos Pujol


Escucho la noticia de la muerte de Carlos Pujol ya no estoy viviendo un otoño en Crimea, ni mucho menos en Roma, ni estoy haciendo un viaje por la comedia humana. Recuerdo un poema suyo: “A fuerza de pulir como un diamante / espléndidas palabras, sus sentidos, / las sombras que la música sugiere, / se achica el material y se hace raro, / como una ensoñación que desvaría. / En mi juego de espejos ya no sé / a quién remite cada imagen ni / adónde me conducen / las oscuras verdades de la estética. / Ese polvillo de oro / es un producto cruel de la pericia. / Como sacar del aire perfección, / y el aire nos devuelve su vacío”. Carlos Pujol lleva muchos años puliendo el perfil puro de un diamante en el agua –ahora cito a Gimferrer-, en esa intención pura de ajustar su propia biografía de lector entusiasta a la no menos entusiasta lectura de sus obras.

Mucho ha habido en Pujol del Stefan Zweig ensayista, que se encaraba en la mejor cordialidad con Montaigne, con Tolstoi o Dostoievski, en ese primer plano de los textos que luego nos desvelan varias capas, esas atribuciones de la historia, de las estructuras y sus vuelos, que van dejando atrás su transparencia en la revelación de su sustrato. Carlos Pujol, cuando escribía sobre literatura –escribe: sus textos están vivos, más que nunca, ahora que los géneros se salen de sí mismos: Pierre Michon, Rimbaud el hijo-, entablaba un diálogo lector, pero también creador, en una especie de metafísica de la lectura, algo así como los cursos que dictaba Lampedusa, como el maravilloso de Lord Byron.

Para quienes acusen a los escritores que escriben de escritores de una falta de vida, cuánta pasión plena late en Carlos Pujol –en sus traducciones, sus estudios, de prosista total, entre Ronsard, Racine y Baudeleire, y por supuesto Shakespeare, su gran luz, en un hermanamiento que le acerca a Harold Bloom-, o cuando escribe Balzac y la Comedia Humana.

Está también su poesía, pulida y contenidamente confesional, directa, a la búsqueda de ese “polvillo de oro” que trata de sacar “del aire perfección”, a pesar de que el aire, de la vida y la muerte, luego nos devuelva, al final, “su vacío”.

No ha sido un vacío la obra narrativa de Carlos Pujol. Hemos citado, arriba, Es otoño en Crimea. Pero, ¿y la maravillosa, crepuscular, onírica, viscontiniana, lampedusiana, La sombra del tiempo? Ambientada en una Roma decimonónica –estamos ante es un novelista decimonónico que escribe desde la modernidad-, Roma se corona como un mundo que se nutre a sí mismo –como la misma vida-, que todo lo acumula y lo consume como el sueño más frágil, para luego latir en una eternidad que nos contempla, también, cuando seguimos leyendo a Carlos Pujol.

viernes, 13 de enero de 2012

Los que miran el frío, de Francisco Onieva


Mirar el frío cortante, su limpia desnudez. Francisco Onieva ha escrito un libro de relatos titulado Los que miran el frío, que ya es una intención fina del estilista dedicado a narrar el tierno desamparo, pero también su revés áspero, roído, capaz de rasurar la piel más seca y dejarla encarnecida a la intemperie. Pero, ¿qué es, exactamente, mirar el frío, cómo se configura esa contemplación de una temperatura? Si el termómetro es emocional –pero esa emoción plena, purísima, que a duras penas puede traducirse en palabras, que se vive por dentro y se aglutina como una digestión interminable, la de un dolor infinito-, mirar el frío sería asomarse a la desolación perfecta, la que ha dejado atrás cualquier atisbo escueto de esperanza.

Esto podría ser mirar el frío. Sin embargo, siguiendo cierta norma de Gabriel García Márquez –que cada novela debe estar contenida en su primera página-, y cambiándola ligeramente –porque esto es un libro de relatos y no una novela; y, además, quizá es el primer párrafo el que deba nombrar, por presencia o por omisión, el resto de la historia-, leemos al comienzo de Los que miran el frío: “Tal vez nada sucedió como lo recuerdo y la imaginación haya difuminado mi memoria a fuerza de escuchar una historia contada siempre por los otros, que me han obligado a recorrer mi vida como se recorre un paisaje en una fotografía velada, reinventándola con la yema de los dedos”.

Algo se podría ya decir, una impresión que se va desgranando a lo largo de nueve relatos, desde Las reglas del juego hasta el que da título al libro: una manera morosa, pero también porosa, de narrar, donde la vista es tacto y se convierte en una cualidad de la memoria. Hay una calma exacta en esta prosa, una especie de lenta contención que puede provenir de la doble naturaleza de narrador/poeta de Francisco Onieva –autor de poemarios como Los lugares públicos y Perímetro de la tarde-; así, en contra del tópico del poeta que se derrama en la narración, aquí nos encontramos con el extremo opuesto: el poeta con rigor de relojero suizo, que le aplica a la prosa la cadencia y también esa calidad de párrafo, pero con un pulso interior que se decanta por la sugerencia más sutil.

En Los que miran el frío, el lector encontrará personajes reales –como Miguel Hernández y Pedro Garfias- y otros no tanto; o quizá sí, en esta geografía literaria descubierta en el norte de la provincia de Córdoba, Retamal, donde el dolor se alía con la supervivencia tras la línea del frente.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El invernadero de nieve




Joaquín Pérez Azaústre. Bruselas, diciembre, 2010

lunes, 26 de diciembre de 2011

Un abrazo para Sancho Gracia


Sancho Gracia deja atrás, una vez más, toda su cabellera portentosa para agrandar el salto de la vida. Le he escuchado hablar, en una entrevista, del tercer cáncer al que tiene que enfrentarse: tras superar uno de pulmón y otro muy violento de vejiga, ahora le han descubierto un tumor cerebral. Le pregunta la presentadora si tiene la cabeza rapadita y Sancho Gracia responde: “Como una bola de billar”, con esa simpatía socarrona que es un ánimo alzado, una especie de presencia joven o una disposición que es la sonoridad corpórea de su voz.

Sancho Gracia es su voz: tanto, que hizo grabaciones musicales recitando temas como Usted, incluidos en discos recopilatorios de canciones de amor, que era lo suyo, y ahora sigue siendo también su propia voz, con vigor telefónico y ganas de volver para quedarse más.

La voz de Sancho Gracia es también el cuerpo de Curro Jiménez, la leyenda. Qué se puede decir hoy de Curro, ese barquero de Cantillana que no rodó nunca en Cantillana, sino en Lora del Río, porque, como dice él mismo con bastante gracia, allí no quedaba ya ni rastro de la barca. Luego el resto de Andalucía, Ronda, Córdoba, persiguiendo franceses y defendiendo la legitimidad de la Constitución del 12, como luego defendería también la del 78 pidiendo el voto para Adolfo Suárez.

Este hombre de acción debutó con Margarita Xirgú, todavía con el eco lorquiano entre las tablas, estudió en Los Ángeles y se estrenó en España con Vampiresas 1930, de Jess Frank. Antes de Curro, la serie Los tres mosqueteros, haciendo un D’Artagnan más bien hispano, alejado de aquellas cabriolas de Gene Kelly, con una sobriedad entre castellano-uruguaya, en la que ya montaba a caballo y peleaba él, su corteza del héroe. Doce hombres sin piedad y Los camioneros, con una trashumancia por la nueva España.

Después, Curro Jiménez, que ha sido una cara de la Transición, con sus tres temporadas y un regreso, en 1995, todavía no crepuscular, como el nuevo proyecto que acaricia ahora Sancho Gracia: una vuelta de Curro Jiménez, anciano y muy cansado, que recuerda los años de su primera juventud, en los que encarna al personaje su hijo, el excelente actor Rodolfo Sancho.

Me ocurre con Sancho Gracia y con Curro Jiménez como con El padrino: todo me parece bueno, el inicio, el regreso y también el ocaso. Recuerdo un día en Sigüenza, hace cuatro años: me encontré, saliendo de una cafetería, con Curro Jiménez vestido de domingo, con la misma sonrisa que montado a caballo y sin su pistolón. Nos hicimos una foto y recuperé al niño que también quiso unirse a él y su cuadrilla.

Deseo ver estrenado ese proyecto, con Sancho y su hijo. Ahora, más que nunca, necesitamos de nuevo a Curro Jiménez cabalgando por Sierra Morena.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Alberto Ballesteros, Teatro Chino y Libertad 8


Merece la pena mantener plaza fija en Madrid para poder asistir al velo de la luz, curvada y ocre, en una sala mágica, sobre el escenario minúsculo del Libertad 8, donde hay milagros puros que se ofrecen sin grandilocuencia, pero con una verdad que se palpa y se escucha, se respira y se escribe.

Ayer por la noche se presentaba Teatro Chino, el segundo compacto de Alberto Ballesteros. La noche en que me despedí no me pidieron las llaves, pero ayer vigilábamos todos la entrada y la cortina de la sala, porque no nos queríamos perder ni un solo minuto del arranque.

¿Qué pasa con este muchacho, que se sube al escenario casi de puntillas, como un gato, pero con unas botas repletas de energía que golpean, tienen ritmo, con una humildad intensa, con su palabra breve y su postura, de fetal a creciente, apostado en su silla, que de pronto despliega esa fortaleza quebrada de la voz, esa fragilidad hecha misterio, esa sutileza convertida en el eco más nítido?

Ellos seguirán allí, fumando en cubierta, y nos acordaremos de ti: estamos destinados a acordarnos de Alberto Ballesteros, y también celebrarlo. Le acompañaron Ángel Pastor, con su armónica negra, de blues incorporado al corazón de Madrid, y también Héctor Tuya, productor y músico total, entre Asturias y Nueva Orleáns, sobreviviente de noches muy lejanas que ayer también regresaron con su mejor versión, cuando el poeta, novelista y noctámbulo Diego Medrano desnudó El clítoris de Camille y acabó descubriendo que, lo suyo, siempre ha sido Tapar el sol con el pulgar.

Noche de sinergias y reencuentros, noche con Elvira hecha una reina, como siempre, turquesa bajo el cielo del desierto del Atlas, y con Salva volando encima de la Puerta de Toledo.

Pura alegría de noche humada en piano-bar, que también pudo ser una noche infinita, y en realidad lo fue.

Alberto Ballesteros escribe con una pulcritud musical de concepción poética, que juega con tu oído y lo despierta en el entendimiento de lo sugerido. Hay elegancia, sobre todo elegancia, en este chico que lo mismo te arranca un aullido interno con su Bésame, o dispara, que consigue levantar a todo el Libertad con su trepidante canción Tu ventana, porque cada día que nace resucito contigo: "voy a abrir tu ventana y a besar tu sonrisa, / voy a hacerlo despacio que no tengo prisa, / la tristeza se ahogó en el fondo del vaso, / si te vienes conmigo seremos hermanos".

Y lo somos. No hay certeza en él, sino discernimiento; no hay una afirmación, sino un interrogante que se encuentra a sí mismo y también nos alumbra un poco a los demás, nos sube al escenario sin subirnos.

Tanto Teatro Chino, como su anterior disco, Sheffield –con temas ya clásicos entre nosotros, como Buscando un trozo de cielo, No habrá dolor y Sweet Corinna-, van precedidos de textos que son unas novelas comprimidas, una especie de prólogo que es también una fotografía del trasiego de Alberto, de todas las imágenes fijadas dentro de la maleta, como las hojas sueltas de una vida que luego cobra forma al ser cantada.

Me gusta mucho el arte de los discos de Alberto, la forma de contar lo que no cuenta, el concepto de la fotografía, la estética, la guasa y también el dolor, cuando es preciso, pero siempre mostrado con decoro, con esa emoción fina que aparece de pronto debajo de las letras.

Estuvo acompañado de toda su familia, de sus padres y hermanos, que es la mejor manera de cantar, y también de muchos de sus amigos.

Y de sus seguidores, que cada vez son más.

Cantó de maravilla. Zapateó, transmitió, sin levantarse ni una vez de la silla. Es increíble lo que puede lanzar este muchacho, toda la carga tan profunda de belleza y verdad, de melodía sensible, sólo con la fuerza de sus brazos llevando la guitarra sobre el baile de su propio disparo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Poema del domingo


EL INDIANO

Si la memoria curva arde en los arcos,
cómo se comprime una conciencia
dura de ventisca y senectud.
Fue la mañana gris del vendaval,
con el mantel de lino sobre el campo
en su tensión mojada.
Quién podrá beber ahora su cáliz,
en qué verdad de yermo, si es un dolor sin muerte
hurgando entre los párpados vencidos
de un vaivén de columpio en la ladera.
Quedan, apenas, trozos de un paisaje,
sólo restos de ti, como tu nombre
que ahora se define con nosotros,
se perfecciona, vuela, es casi exacto
si podemos volver a tu ciudad
casi como a la nuestra:
sin regresar y sin asimilarnos,
si nos mira como a un desconocido,
como a alguien que se adentra
por un tiempo que fue su propio tiempo
y no le reconoce.


Perteneciente a Las Ollerías (Visor, 2011)