
También ha sido un placer descubrir tanto cine al lado de Paul Newman, esa humanidad del sacrificio a la hora de vestir el personaje de una dignidad más allá del encanto de una cara. Empeñado siempre, como también Robert Redford muy poco después, en habitar películas que fueran algo más que mero entretenimiento, poco antes de morir, gracias a su marca de salsas, Newman’s Own, nada menos que 200 millones de dólares habían sido donados a la infancia del mundo. Es como si este hombre se hubiera descubierto con mayor hondura una vez pasado su propio túnel cinematográfico, y así, frente al cinismo, se hubiera decantado por una implicación que ya no era vital únicamente, sino ética, exigiéndose siempre lo mejor de sí mismo.
Recuerdo un artículo estupendo de Eduardo Mendicutti en el que relataba que una vez, viajando por Estados Unidos, se cruzó en un Drugstore con Paul Newman. No sabría precisar qué estaba comprando Mendicutti, pero sí su impresión cuando, al otro lado de una estantería abierta por ambos lados, se encontró con los ojos purísimos de Newman, todavía oceánicos, viejísimo y cubierta la cabeza por una gorra, vagamente sonriente mientras iba llenando su cesta del mercado. Ésa es la manera en que podemos recordar hoy a Paul Newman, envuelto en ese manto de azul serenidad; porque, a diferencia de otros mitos de Hollywood, en su caso no necesitamos recurrir a las fotos de su mayor belleza primigenia, ni recordarlo joven.
Si pienso hoy en Paul Newman, el tipo al que me habría gustado conocer, compartiendo unos cuantos botellines de su marca favorita de cerveza, charlando en las mecedoras del porche de su casa, no necesito evocar ninguna de sus películas, ni imaginarlo juvenil y radiante, sino que evoco al anciano, a ese hombre apacible de expresión todavía juguetona al que hoy hecho todavía más de menos en nuestra actualidad. No es que las estrellas de Hollywood nos ayuden a mucho, pero a veces alivia saltar al decorado.
Dedicado a Elvira González, Salva Caraballo y Rofolfo Serrano