
En estos poemas de José Martínez Ros hay, además, revelación moral: la vida, tal y como ha sido hasta el momento, no nos sirve. La localización es deslocalización, porque "el decreto de exilio es a perpetuidad". Pero exilio no sólo de nosotros, de nuestro propio entorno vivencial, sino también de cómo ha sido todo hasta ahora mismo, porque estamos en una permanente mutación que va a dejar alterada la visión, lo queramos admitir o no.
Se trata de poemas reflexivos, con un ritmo endiablado de musicalidad potente, mixtura de realismo e imágenes oníricas, con unos escenarios maleables, sí, pero indeterminados, como aeropuertos o estaciones de tren, en los que entramos con nombres y apellidos, con unas credenciales que de pronto no están: así, la nueva identidad se encuentra sólo en los lugares transitorios. ¿Es éste el hombre nuevo? ¿Es la disolución del yo, sus máscaras cambiantes, con influencia directa e indirecta de Pere Gimferrer y el espectro novísimo?
El libro también es una guía turística por ese nuevo mapa de unos sentimientos que no hayan acomodo en los moldes antiguos. Así, el poeta culturalista también duda de su propio culturalismo, de sus asideros literarios, del edificio formal que es la palabra entendida como revelación. José Martínez Ros niega también esa revelación, en una desnudez moral que llega a los poemas sin palabras, que cuestiona el ropaje, en una nueva desolación que no tiene estructura ni para cuestionarse a sí misma: el nuevo grito mudo, y a la vez torrencial, ya sólo es tiempo.
El libro también es una guía turística por ese nuevo mapa de unos sentimientos que no hayan acomodo en los moldes antiguos. Así, el poeta culturalista también duda de su propio culturalismo, de sus asideros literarios, del edificio formal que es la palabra entendida como revelación. José Martínez Ros niega también esa revelación, en una desnudez moral que llega a los poemas sin palabras, que cuestiona el ropaje, en una nueva desolación que no tiene estructura ni para cuestionarse a sí misma: el nuevo grito mudo, y a la vez torrencial, ya sólo es tiempo.
Este hermoso libro, editado por la Fundación José Manuel Lara, transita en una edad de la desconfianza, de extraños entre extraños. Nadie bebe champán en los aviones, o quizá mucho más, por el miedo al enigma. No hemos dejado nada, porque no hemos tenido nada con anterioridad. Somos invulnerables, porque ya no tenemos nada que perder: quizá por eso mismo estamos condenados. No hemos llegado aún a las ruinas, porque somos aún jóvenes. Quizá nosotros mismos somos las ruinas, y habitamos ahora una reconstrucción.
¡¡Siempre es bueno aparecer en el momento adecuado!!...Y tu entrada lo hizo, a la vez que me hizo pensar...
ResponderEliminarBuena recomendación, con este pedazo de presentación, ¿quien podría resistirse?
Un besote enorme, felíz semana y mejor puente, espero que no tan frío!;),Cuídate
Ya sabes, "Cambia, todo cambia". Ahora en las estaciones de tren, en algunas, menos mal, a los acompañantes se les aconseja no acompañar a los viajeros, que ahora son clientes, para facilitar la "evacuación" - que mal suena- de los andenes.
ResponderEliminarEn esta Europa mercantilista, las despedidas no valen, porque los necios -que son los que confunden valor y precio-, no ven su valor.
Y mientras nos dicen que la Alta Velocidad sirve para reducir las disparidades sociales y económicas entre los ciudadanos de la Unión.
Que se lo cuenten a los habitantes de los pueblos pequeños, que se están quedando sin trenes que los relacionen, no ya con Europa, sino con "la capi".
Y en este fluir, yo seguiré despidiendo, desde el andén, a los usuarios del servicio que presta RENFE, con algo que no tiene precio:
Con una sonrisa y un beso.
Salud, y gracias por la recomendación.
Gracias a vosotras por vuestros hermosos comentarios. Beso Grande
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