jueves, 21 de abril de 2011

El aire regresado


La entrada despedía el olor a libros en cuanto abría la puerta. Una Semana Santa de hace más de diez años, también con otros pasos para los mismos ritos. Granada entonces era, para mí, Paseo de los Tristes sobre todo, Cuesta de Gomérez y la Alhambra. Y Bodegas Castañeda, con sus toneles pulcros para el sorbo concéntrico. Y una mirada oscura, como piel de pizarra, con el rastro de Lorca seguido hasta el hotel que fue la última casa que habitó. También una librería, como siempre suele aparecer, con todas las paredes en su escama de libros. Compré dos, que luego regalé: una vieja edición de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez, y, en su edición intonsa de Adonais, El aire que no vuelve, de Julio Aumente.

Era 1996. Cántico entonces, para mí, era un recuerdo sin habitación, una fotografía de enigma y juventud en la que reconocía, únicamente, los rostros de Ricardo Molina y de Pablo García Baena. Empecé a leer a Julio Aumente uno de esos días, seguramente después de un paseo por el Albaicín: “Ah, las tardes de estío en las quietas ciudades… / Pálidas procesiones donde brillan las sedas, / suaves bajo el sol que muere tras las torres / del Palacio Obispal, pintado de amarillo”. Claro que aquello no era la Pasión, sino el poema Octava del Corpus. Pero aquello era Córdoba, y también Granada y uno mismo. Estas tardes de estío en las quietas ciudades. La solución del libro, y de mi tiempo de entonces, estaba sin embargo en el poema Bajo la lluvia mira… En no escribirlo.

2 comentarios:

  1. Regresa el aire de la memoria con ésta crónica nazarí, eran tiempos de Universidad y de disloque, de estudios y experiencias, tiempos que componen mi ser.

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  2. Preciosa entrada, un placer pasear contigo por esos lugares tan mágicos y eternos que jamás se olvidan o quizás, no dejamos olvidarlos...
    Me ha encantado!
    Un besote enorme

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